sábado, 8 de febrero de 2020

TRIBULACIONES DE EXPATS (Incluye el relato “Malditos dieciseisavos”) [Diario de un expat-balikbayan (3)]

TRIBULACIONES DE EXPATS (Incluye el relato “Malditos dieciseisavos”). 

Vaya por delante que cuando vamos a trabajar a otro país, no es porque alguien nos haya puesto una pistola en el pecho. En la mayoría de los casos tampoco es porque alguien de ese país nos haya llamado. Casi siempre vamos porque, por una u otra razón, nos interesa. Debemos tener muy claro, aunque a algunos algunas veces les cueste admitirlo, que el país que nos acoge va a seguir funcionando exactamente igual estemos nosotros en él o no.  Es decir: si no nos gustan sus  costumbres, o su forma de ser, o su comida o sus servicios, el problema mayormente lo vamos a tener nosotros, si no nos adaptamos.

Dicho esto, es lógico que encontremos chocantes muchas de las cosas que nos ocurren cada día, y que tengamos que ejercitar la virtud de la paciencia en no pocas ocasiones, porque sencillamente las cosas en el país de acogida no son como en el nuestro, ni como creemos que deberían ser.

He recuperado unos relatos que escribí hace ya casi veinte años, en mis primeras estancias en Filipinas, contando las peripecias que me acontecían cuando alquilaba coches. Leyéndolos ahora veo que adolecía -quizás era inevitable- del "síndrome del expat", que quizás no estaba todavía acostumbrado a cultivar -en su necesaria medida- la virtud de la paciencia, y que acababa desesperándome -con mayor o menor razón- por las chocantes cosas que me ocurrían.

En esta nueva etapa de vecino de Makati, me doy cuenta de que con respecto a la etapa anterior (2001-2006), he perdido algunas comodidades: por ejemplo la facilidad de los trámites bancarios de los que disfrutaba entonces; y la pérdida no es achacable en absoluto a Filipinas, sino a Europa o al Citibank, o quizás a los dos. Yo fui de los primeros clientes que tuvo Citibank en España a comienzos de los 80. La diferencia con los vetustos bancos españoles era sideral. Citibank además estaba presente, y tenía cajeros automáticos en muchísimos países, casi todos por los que yo viajaba entonces, y Filipinas no era una excepción.

Había un cajero automático casi debajo de mi casa, que me daba pesos filipinos contra mi cuenta en euros en España aplicando un cambio más favorable para el cliente -en este caso yo- que ningún money changer de la ciudad, y de lejos que ningún banco del país. Disponer de dinero era muy cómodo y sencillo, sin necesidad de hacer costosas y lentas transferencias entre cuentas bancarias.

Pues bien: Citibank decidió allá por 2014 que no le interesaba el ¿arcaico? mercado europeo, y se las piró del Viejo continente. Su red española se la vendió al Banco Popular cuya filosofía estaba en las antípodas de la del Citibank; lo que ocurrió después de esta venta ya es historia de la banca española.                                                   

Ahora que ya no tengo cuenta en Citibank, he tenido que abrir dos cuentas, una en euros y otra en pesos en el BPI (Bank of the Philippine Islands), antiguo Banco de las Islas Filipinas creado en época española. Cada vez que necesito disponer de cash, he de hacer una transferencia desde mi banco español a la cuenta en euros del BPI, normal,  pero si quiero pasar de euros a pesos me aplican un cambio horroroso mucho más bajo del que ofrecen los money changers, con lo que lo que hago es retirar euros, y cambiarlos en uno de estos establecimientos privados donde cambian divisas.

Retirar los euros, aun siendo cliente del banco no es tan sencillo: requiere cada vez formularios y firmas varias, y con ello una demora en la gestión que cada vez se me hace más eterna. Menos mal que el money changer más cercano se encuentra en el mismo edificio de la oficina en la que trabajo: los edificios de oficinas de Makati son como pequeños barrios en altura (no menos de cincuenta pisos) donde hay casi de todo. Pero también la operación del cambio tiene su dilatada espera; no sólo porque haya muchos clientes sino porque los procedimientos siguen siendo como en la era predigital; y no es que Filipinas no esté adelantado en la agenda digital, yo diría que lo está más que Europa en no pocos ámbitos, pero en los bancos siguen haciéndolo todo manualmente y pasando por unos y otros operarios; la mano de obra es muy barata en Filipinas, y bancos, restaurantes y grandes almacenes disponen de ejércitos de empleados que superan en número al de clientes, con un resultado de eficacia, muy dudosa, a diferencia de lo que comportaría la, automatización y racionalización de procesos.

Algo muy positivo y cómodo de Filipinas es que el uso de tarjeta de crédito está muy extendido, prácticamente al mismo nivel que en Europa, con lo que para reducir en lo posible la frecuencia de los trámites que conlleva el adquirir pesos en cash tiro de tarjeta de crédito hasta para tomar café. El caso es que las incomodidades bancarias, y otras -de las que quizás hable en otra entrega- me han hecho recordar esas historias de expats que me ocurrieron hace tantos años, cuando Filipinas era igual que ahora pero diferente, cuando no había todavía euros, ni redes sociales, y que ahora gracias a ellas me atrevo a compartir con el amable lector de estas líneas.


Malditos dieciseisavos  (Escrito en su versión original a finales del año 2000)
Alquilar un coche no debería ser tan complicado, ni tan caro, en una ciudad como Manila. Sin embargo lo es. La demanda es escasa. Claro, no hay mucho loco que prefiera, o simplemente necesite, moverse de forma independiente por tan peculiar megápolis. Es mucho menos nocivo para los nervios, desde luego, que te lleven, y no dejarse engullir por la viscosa y sucia masa amorfa de un tráfico despiadado, en el que no impera regla alguna, sino su selvática ausencia. 

Decidí alquilar el coche el jueves por la noche; así el viernes por la mañana podría salir de Manila tan pronto como me viniera en gana, para seguir con mis recorridos por las iglesias franciscanas de Laguna, iniciados el fin de semana anterior. Me fui al hotel Intercontinental -diez minutos de paseo desde la casa- donde Nissan tiene un punto de alquiler. La semana anterior había alquilado el coche en el hotel Dusit, que me pilla incluso más cerca, pero tras la trifulca que organicé al devolverlo, perjurando que jamás volvería a alquilar un coche a Nissan, no era cuestión de volver por allí. De hecho la oferta de Nissan –unas 10.000 pts. /día- no tenía rival en el pírrico mercado manileño de rent a car, así es que decidí incumplir mi promesa y volver a alquilar un Sentra, eso sí en diferente lugar.

                Antes de que ante mí –accionada por supuesto por uniformado portero: “good evening sir”- se abriera la puerta de cristal, ya podía percibir los gélidos efluvios producto de la climatización del lujoso hotel. Ya se sabe: en país tropical el lujo se manifiesta en frigorías. Pregunto en el front desk, por el Nissan desk, y la señorita me dice que está por ahí fuera. Salgo del inmenso congelador al cálido y húmedo universo de la Ayala Avenue, pero no veo chiringuito ni mostrador alguno. Pregunto al portero, y me señala un atril, con un letrero que dice Transportation. Ya junto al atril, empiezo a contarle a la persona que allí encuentro que quiero alquilar un coche.

- ¿A dónde va a ir Vd?    
- ¿Qué más da? Pues a donde me apetezca. Quiero alquilar un coche, no que me lleven ustedes al aeropuerto o a cualquier otro lugar.
- Entonces quiere usted alquilar un coche, pero sin conductor. ¿Es usted el señor que llamó esta mañana?
- El mismísimo.

La persona que me atiende es la típica filipina media, de complexión menuda, muy educada de por sí, y que además se esfuerza por serlo en cada contestación; que nunca perderá su cortés sonrisa aunque le estés mentando a toda su fenecida ascendencia. Aunque el resultado de la gestión sabes que no va a variar, procede –aunque solo sea por corresponder a su cortesía- intentar ser tan amable como lo son ellos:

-¿Cómo trabaja usted tanto? Ya han pasado horas desde que hablamos por teléfono esta mañana.
- Yes, sir

Me invita amablemente a entrar en el lobby del hotel. Tras hacer un largo recorrido por Siberia, todo en planta baja, llegamos a un cuartito, que se supone es más o menos la oficina de Nissan en el “Intercon”. Me pide el pasaporte y el permiso de conducir, mientras me confirma las condiciones económicas que me había adelantado por la mañana.  Hay que dejar un depósito del ¡145%! Le digo que voy a pagar con VISA. Me la pide. Se la doy. La mete bajo un impreso que empieza a rayar con un  lápiz, como cuando éramos pequeños y poníamos una moneda de cinco duros debajo del papel, y al pasar el lápiz, salía la cara de Franco.

                Me devuelve la tarjeta y sigue rellenando papeles; me vuelve a pedir la tarjeta que yo ya me había guardado en la cartera. Llama para pedir conformidad. Al cabo de un buen  rato la recibe. Me devuelve la tarjeta. Sigue rellenando papeles. Me vuelve a pedir la tarjeta, que yo me había vuelto a guardar en la cartera.

-Excuse me, (con sonrisa entre culpable e inocente.)  

                Le vuelvo a dar la tarjeta. Sigue apuntando cosas. Me devuelve la tarjeta, que ya no me atrevo a volver a guardar en la cartera. Sigue rellenando papeles. Me da a la firma el voucher de la VISA, que está en blanco. ¿Por qué no pone la cantidad del depósito? ¿Para qué demonios me dice lo del 145%, si le voy a pagar con la tarjeta? En cuyo caso el depósito es: ¡todo el crédito que me da VISA!

                Parece que, tras quedarse también con mi carné de identidad -no llevaba el pasaporte- por fin hemos acabado los trámites. Me hace señal para que salgamos a la calle; ¿me entregarán por fin el coche? Volvemos junto al atril, donde un muchacho habla por walky-talky con la persona que se supone debe traer el coche.

-Wait a moment, sir

                Me temo que el moment va a ser bastante más que eso. Me invita a volver a entrar en Siberia, y a esperar sentado y refrigerado –como corresponde a mi supuesta dignidad de “amerikaano” (aquí todos los blancos somos “amerikaanos”). 

Sudar como un pollo fuera,
o entrar en la nevera,
he ahí el dilema.

                En el lobby del hotel hay una exposición de fotografía: escenografías con modelos, preparadas por creadores de moda. Filipino style, muy moderno y alternativo. Me veo la exposición enterita, y como ya me he enfriado lo suficiente, decido seguir la espera fuera.

                Por fin aparece el Nissan Sentra blanco que acabo de alquilar, conducido por un chaval marchoso, que trae la radio-casete a todo volumen; de tez muy oscura (en Filipinas hay una gran variedad racial: desde los así llamados negritos, que poblaban diversas zonas a la llegada de los españoles -incluso hay una isla, de las importantes, que se llama la isla de Negros- hasta los descendientes de chinos, que tiene la piel blanca como porcelana).

                Pero falta por determinar la cantidad de gasolina que tiene el depósito. El coche debe devolverse con -al menos- la misma gasolina que tenía al cogerlo. Y digo determinar, porque raramente te dan el coche con el depósito lleno, o en la mitad, o con tres cuartos. La aguja siempre está en una posición ligeramente anterior a la de lleno. La semana pasada me daban el coche como lleno. Cuando comprobé que la aguja estaba entre tres cuartos y lleno, me dijeron que no me preocupara, y cambiaron la anotación de lleno, que ya figuraba en mi contrato, por un arcano quebrado.

                Cuando devolví el coche que había alquilado en el hotel Dusit, con la aguja del indicador del depósito más cerca del full que del tres cuartos, incrementaron sustancialmente el importe de la factura en concepto de combustible. Ante mi perplejidad me dijeron que había devuelto el coche con menos gasolina de la que tenía cuando lo cogí, y ello llevaba consigo no sólo el pagar el supuesto decremento en el volumen de gasolina al precio que a ellos les daba la gana, sino que además tenía una penalización, nada despreciable. Ante mi indignación me dijeron que el depósito tenía 15/16 cuando me había llevado el coche, y que en el momento de devolverlo tenía menos de eso.

                ¿Pero cómo cojones me podían decir que si quince dieciseisavos, que si treintayocho cuarentaycincoavos, si el indicador de combustible no tiene más que cuatro putas marcas? Y van y me sacan un papelito, en el que aparece una escala dividida en dieciséis partes. La forma de estimar si la aguja está en trece dieciseisavos o en quince es absoluta potestad de ellos, que ni decir tiene que barren descaradamente para casa. Teniendo en cuenta además que en estos coches la aguja tarda enormemente –varios minutos- en llegar a la posición final, lo que desconoce el cliente, se sospecha que sacan una pasta adicional con la gasolina. Dije que no pensaba pagar ni un peso de penalización; que viniera conmigo un tío a la gasolinera, y que me dijera, peso a peso si era necesario, cuando la aguja llegaba –según él- a los malditos quince dieciseisavos. Previamente me había apoderado del voucher en blanco de la VISA, aunque ellos tenían en su poder mi pasaporte.

                Así lo hicimos, y aunque ahora creo que seguían barriendo para casa, pues seguían echando gasolina y el indicador no subía ni a tiros, al menos me quitaron la penalización. Tanto imprequé y tanto debí culpabilizarles, que conseguí que el encargado mostrara un cierto cabreo –cosa bastante poco frecuente dada la inalterable flema filipina- advirtiéndome de que no debía culpar a nadie de lo ocurrido, que simplemente debía comprender que el sistema de los dieciseisavos tenía sus imperfecciones.
               
                Cómo puede suponerse estaba muy concienzado con el asunto de la gasolina, tras la experiencia de la semana anterior en el hotel Dusit, y dispuesto a que no me volviera a ocurrir lo mismo esta vez en el hotel Intercontinental. Por eso cuando la chica de complexión menuda que me estaba atendiendo cantó que el depósito tenía tres cuartos de combustible, mientras la aguja apenas rebasaba la marca de 1/2, puse el grito en el cielo. De repente aparecieron cuatro o cinco empleados, y todos querían meter baza. Uno de ellos corrigió: son once dieciseisavos. Y yo le dije, y por qué no trece dieciseisavos, a ver enseñadme el papelito ese que tenéis con las malditas rayas. No se lo dije así de descortésmente, claro, aunque no haga falta decir que tras casi  tres cuartos de hora de entrar y salir del Intercon yo empezaba a estar ya hasta ... (sí; ha adivinado usted hasta dónde).

                La chica de complexión menuda que me estaba atendiendo, que aunque se suponía era la jefa, no parecía tener muy controlado al personal, decidió que era mejor llenar completamente el depósito, y así no dejar lugar a dudas. Me dieron ganas de darle un beso: era lo que yo mismo había pensado que debería haber hecho la semana anterior, de haber sido consciente de lo que significaban los malditos dieciseisavos, que estaban siendo más funestos que aquellos dieciseisavos de final de la Copa de Europa en los que el Madrid quedó eliminado por un equipo, desconocido entonces, de nombre impronunciable hasta para Matías Prats padre: el Anderlecht.

                Aunque realmente, ¿tenía sentido esperar todavía más tiempo a que el chaval marchoso de tez muy oscura llevara el coche a repostar? ¿No era más sensato devolver el coche siempre con algo más de gasolina, aceptando así –por defecto- la clavada? ¡Qué más daba pagar al final quinientas pesetas más de gasolina, cuando cada día de coche costaba unas diez mil! Más que por tacañería, lo que no estaba dispuesto era a aceptar esa especie de impuesto de los dieciseisavos con el que al parecer pretendían gravar por su cuenta a los turistas incautos.

                Así es que el chaval marchoso de tez muy oscura se lleva el coche, y yo caliente ya por fuera y por dentro, decido volver a refrigerarme en el lobby del hotel. Ya sé que aquí hay que armarse de paciencia, pero el tiempo pasa. Mucho más de lo que sería razonable, teniendo en cuenta que hay, al menos, dos gasolineras aquí al ladito, y que ni a posta se puede tardar tanto. Salgo, y les digo a los que están junto al atril que qué pasa, que si el chaval marchoso de tez muy oscura ha aprovechado para irse por ahí de marcha; que la gasolinera está ahí mismo, y que no hace falta ser Schumacher para tardar menos de media hora en recorrer doscientos o trescientos metros. Me dicen que no, que la gasolinera está más lejos, en Pasong Tamó; que llevan a repostar sus coches a una gasolinera propia.

                Sí; he sido idiota  al aceptar que se lleven a repostar el coche sin preguntar antes que a dónde, y que cuánto van a tardar. Pero, a lo hecho pecho. Vuelvo a entrar por enésima vez en el lobby. Esta vez me cruzo con una descocada muchacha que llama especialmente la atención: aquí todas se visten con mucho decoro: el cine, y la televisión tienen más censura que la España de posguerra, y es raro –a pesar del calor- ver a una chica con minifalda. Al cruzarnos, tras mirarme de arriba abajo, sonriente, me lanza con mucho glamur un sensual y desafiante “hi” (léase jaaaeee). Sí, acertó usted de nuevo…

                El tiempo sigue pasando. Ya me sé de memoria cada una de las fotografías de la exposición; el nombre del fotógrafo; de la modelo; donde está hecha la toma, qué fotos están ya vendidas; cual es el precio de cada una; etc., etc. Salgo, y les digo a los chicos, que ya está bien. Pasong Tamó no está tan lejos, y ya le ha dado tiempo al chaval marchoso de tez muy oscura de dar la vuelta a Metro Manila siete veces.

                No, señor. Es que primero tiene que ir a que le den la autorización a no sé dónde, para poder llenar el depósito, y luego ir a la gasolinera de Pasong Tamó. Pero no se preocupe que ya está de camino. Los chicos quieren agradar. Repiten dieciocho veces: sorry sir, very sorry. Hablan a cada momento por el walky-talky. Me van dando el parte de por dónde va el coche. Quieren agradar, resultan entrañables.  

                Por fin, aparece al volante del Nissan Sentra el chaval marchoso de tez muy oscura. Resulta  hasta emocionante. Entre bromas y chanzas  -el conductor se muestra feliz tras su proeza- me acerco al salpicadero para comprobar –cuestión de rutina- que la aguja del indicador de nivel de combustible está a tope, en todo lo alto, como propuso la chica de complexión menuda que me estaba atendiendo que aunque se suponía era la jefa, no parecía tener muy controlado al personal.

No, no puede ser. Me acabaré despertando de un momento a otro. La aguja está entre tres cuartos y full. ¿Para eso llevo yo aquí más de tres cuartos de hora, esperando a que  rellenen el depósito? Ante mis imprecaciones en toda clase de idiomas y dialectos, lenguas vivas y muertas, de uso universal o local, uno de los muchachos va y me dice:

- No se preocupe señor: marca quince dieciseisavos.






martes, 19 de noviembre de 2019

DE ANTONIO BANDERAS A DANTE SILVERIO. Diario de un expat balikbayan (2)


De Antonio Banderas a Dante Silverio 
Diario de un expat balikbayan (2)

El paso del tiempo es inexorable, y su efecto es devastador en los cuerpos de los seres vivos. Esta afirmación tiene categoría de axioma. Sin embargo los filipinos desafían casi universalmente su cumplimiento. Al referirnos a su edad, es tan difícil determinar cuántos años tienen, que lo mejor es utilizar aquel término creado por Lina Morgan, de "taytantos". Y es que entre los treinta y tantos, muchas veces los veintitantos, y pongamos los sesenta y tantos, los cuerpos de los filipinos, en general, no cambian.

Uno de los casos más asombrosos que recuerdo, de mi primera etapa como vecino de Manila, es el de Gemma Cruz Araneta. Mujer de gran belleza, fue elegida Miss Internacional allá por 1964. De rotunda anatomía, su cuerpo espectacular, no se corresponde con el de la filipina media, de natural muy grácil, y muy menudo. Gemma no solo fue una reina de la belleza -por cierto que a los filipinos les encantan los concursos de belleza, que organizan por doquier- sino que es una gran defensora del patrimonio cultural filipino y de su proyección; autora de varios libros, conductora de programas de radio, filántropa, ocupó distintos cargos en la Administración relacionados con cultura, llegando incluso a ser ministra. 

Cuando conocí a Gemma, ella ya frisaba las seis décadas de edad, pero su belleza permanecía intacta, sin una sola arruga en el rostro, con el cutis inmaculado de una veinteañera. Su popularidad también seguía intacta. Con algunos expertos en temas patrimoniales, de distintos países, que habían venido a Manila a participar en un congreso, organizamos una excursión por pueblos costeros de la laguna de Bay: Metro Manila, o la Gran Manila, se extiende entre la laguna de Bay al Este, y la bahía de Manila al oeste. En esas riberas de la Laguna se conservan hermosas iglesias de la época española. (Morong, Pakil, Paete...). En cada pueblo, cuando al llegar a las inmediaciones de la iglesia nos bajábamos del autobús, una pequeña muchedumbre venía hacia nosotros con el único afán de hacerse una foto con ella.  

Dicen que la humedad constante del clima filipino hidrata las pieles. Será esta una razón, sin duda. Sin duda que también lo será la genética de la raza, pero yo me aventuraría a encontrar otra razón, sicológica, en la resiliencia del carácter filipino, fraguada a lo largo de siglos de aceptación de la vulnerabilidad de su realidad natural, afectada continuamente por tifones, volcanes y terremotos.

Yo pasé en mi familia de ser el "canarito", a ser el “filipino”. En Canarias se desarrolló mi primera etapa fuera del domicilio paterno madrileño, en unos años en los que era bastante inusual que un profesional universitario no se quedara al acabar la carrera en Madrid o en su entorno. En general emigramos a sitios donde nos encontramos bien y donde encajan algunos rasgos de nuestro carácter; o bien puede que sea a posteriori, que para animarnos en nuestro proceso de integración en la nueva realidad, encontramos esas concordancias. 

El caso es que mi carácter de natural tranquilo, encajaba a la perfección, según mi familia, con la tranquilidad isleña, a veces estigmatizada con el término "aplatanado". Años después de la aventura canaria, dejé por segunda vez en mi vida de ser vecino de Madrid, para serlo de Manila, o mejor habría que decir de Makati. Y me sentí fenomenal en aquellos años de mi primera etapa como residente en Filipinas. Y si me sentí tan bien, debió de ser también porque rasgos de mi carácter encajaban con la idiosincrasia filipina. Y yo diría que también me integraba en el paisaje por la resistencia de mi organismo a reflejar deterioro por el paso del tiempo. De joven parecía mucho menor de la edad que realmente tenía. En la Escuela de Arquitectura me llamaban "el niño". Cierto que llegábamos en aquella época a la universidad a una edad insultante: yo tenía solo dieciséis, pero aun así, hasta que acabé la carrera, incluso con barba, parecía un pipiolo.

Como decía, aquellos años en Manila fueron estupendos. El último de ellos, corría 2006, me llevaron a un programa de la tele, de variedades y entrevistas: aquel día iba de la herencia española en Filipinas o algo por el estilo. Compartí plató con la bellísima actriz Lucy Torres. Yo hablaba con mi característico inglés de raíz hispana, sobre las actividades del Instituto. El presentador, quizás por falta de otra referencia en su imaginario, me comparó -para mi profunda extrañeza- con Antonio Banderas, entonces en el apogeo de su carrera hollywoodiense. El caso es que aquella comparación, el que el programa fuera muy popular, y el que saliera junto a la hermosa actriz mestiza, hoy diputada, me granjeó mucha popularidad, sobre todo entre las féminas. La verdad es que Antonio Banderas no es más alto que yo, y que nuestra forma de hablar inglés se parecía mucho.

La vida es muchas veces cruel y cuando yo disfrutaba al máximo de mi condición de residente en Filipinas, mi misión se acabó, y fui trasplantado de la noche a la mañana a un puesto administrativo en un oscuro despacho de un palacete decimonónico del Ensanche madrileño. Se conoce que debí hacer bien mi trabajo en Manila, pues como dijo Miguel Albero, refiriéndose a nuestra institución, de la que un día formó parte: "ninguna buena acción en ella queda impune". 

Han pasado algunos años, no tantos, desde aquellos "Glory days" que diría  Springsteen. El destino ha querido que vuelva a Manila, o mejor habría que decir a Makati. Nos pongamos como nos pongamos el paso del tiempo es inexorable. En estos trece últimos años en los que no he sido residente en Filipinas soy consciente de que se me ha ido quitando -como diría mi madre- el apresto: algo de natural lógico, aunque algunas gentes todavía, más por compasión que por agudeza, calculan muy por debajo mi edad. Como mi compañero Víctor Andresco, que hará dos años, se sorprendió mucho al conocerla; con su ingenio habitual me pidió la dirección de mi taxidermista.

El caso es que hace un par de meses, un amigo filipino me hizo un robado en un acto cultural en el que habíamos coincidido, y colgó en su facebook una foto, en la que yo aparecía, de pie, meditativo y circunspecto. "Mira: es Dante Silverio" escribió como pie de foto, recibiendo la confirmación y asentimiento de sus múltiples seguidores. Fue la confirmación, irrefutable, de que se me había quitado el apresto. Y es que por muy bien que te trate la vida es inevitable un día u otro dejar de ser Banderas para ser Silverio.           
Makati, septiembre, octubre 2019



domingo, 25 de agosto de 2019

DIARIO DE UN EXPAT BALIKBAYAN (1)


Diario de un expat-balikbayan (1)

Me sentí profundamente desubicado al toparme, en vez de con los árboles del Ayala Triangle Garden, como esperaba, con unas gigantescas moles en construcción. ¿No había llegado acaso a Paseo de Roxas? ¿No acababa acaso de traspasar el edificio de Citibank, cuyos cajeros automáticos tanto frecuentaba en mi primera etapa manilense?  ¿Es que el paso del tiempo, seis años sin pisar Manila, habían descolocado las referencias topológicas en mi memoria? ¿Acaso me había quedado dormido, caminando -cosas más raras provoca el jetlag- y estaba atascado en una terrible pesadilla?                                                    
Casi como en "2001, una odisea en el espacio" vislumbré, “enanizado” por los monstruos, el coqueto edificio de la Ayala Heritage Library, la torre de control -parece un sarcasmo denominarla ahora así- de lo que fue el primer aeropuerto de Manila. Y con ese avistamiento, al menos supe que no me había perdido, y que pronto llegaría a Ayala Avenue; y en efecto, inmediatamente después pude comprobar que allí seguía  la pared chaflán del Shangri-la, y las líneas horizontales de hormigón setentero del Península, como si el tiempo se hubiera detenido en 2006.                                      
Al llegar a Greenbelt volví a sentirme perdido. Sí, allí seguía Café Havana, con la animación de siempre, pero todo lo demás era diferente. Las librerías de los malls -era de esperar- no son ya lo que fueron durante tantos años. La National Bookstore de Glorietta es ahora una papelería con algunos libros. Me animé a pensar que la hipertrofia de la papelería pudiera ser solo temporal, ya que estábamos en pleno comienzo de curso escolar, pero yo sabía ya que no. Comprobé con desolación que establecimientos como Page One en Greenbelt 3, o Tower Records y Old Asia en Glorietta, de tan grato recuerdo, habían desaparecido. Pero quizás lo que más desolación me ha causado es ver cómo la sección de filipiniana de las librerías - otrora nutrida, dinámica, fundamental, ha quedado como un vestigio arcaico de una época pasada.
Lo que no ha cambiado es la programación, a cualquier hora, de baladas románticas en las estaciones de radio, la sonrisa de los filipinos, su exquisita generosidad como anfitriones, y la enorme dificultad para abrir los envases de los productos "made in the RP". El tráfico es todavía peor que hace quince años, lo que parecía imposible; el parque automovilístico ha crecido mucho, lo que denota el desarrollo de una clase media consumista, pero también ha mejorado muchísimo en calidad. En Makati no se ven ya cacharros en ruina circulando, ni apenas jeepneys. Se ha producido una densificación galopante de la ciudad, con la lamentable desaparición de zonas verdes, ya de por sí muy exiguas siempre. Se han construido altísimas torres por doquier en muchos casos duplicando la altura de torres edificadas en los mismos solares hace solo unas décadas, demolidas sin consideración.
Esa arquitectura de Manila, de hormigón visto, tan masiva y característica de los sesenta y los setenta, capitaneada por Leandro Locsin tiene los días contados. Esperemos que edificios emblemáticos como el CCP o el Metropolitan Museum no sigan la suerte del Ayala Museum, cuya reimplantación supuso lo que con gran acierto sarcástico Jose Fons definió como la manifestación del complejo de Edipo más gigantesca jamás construida. Para alguien proveniente de un país en el que los skylines de las ciudades son tan horizontales, los bosques de torres en los que se han convertido las ciudades asiáticas le fascinan profundamente.                                          
Tuve cierta sensación inicial de claustrofobia en Salcedo. En el parque habían florecido los flame trees (caballeros); sus flores, de rojo intenso, se me antojaban luciérnagas en la gris atmósfera envolvente del paisaje urbano de Metro Manila. Bajo sus copas solía yo corretear, haciendo jogging, no pocas tardes, a la vuelta del trabajo. El parque me parecía lo más humano y estructurante de la megápolis.
Cuando llegué la primera vez a Manila  a dirigir el Instituto Cervantes, cuya sede se encontraba entonces en el edificio Mayflower, en el barrio de Vito Cruz, sabía que quería vivir en aquella zona de Makati, que todavía no sabía se llamaba Salcedo Village. El primer fin de semana tras mi llegada, me estaba quedando en el desaparecido Manila Midtown hotel, de Malate, colindante con Robinson's, agarré el coche y lo aparqué delante del entonces flamante -se ha conservado bastante bien- One Salcedo Place. Fui entrando en cada uno de los edificios de la zona, y preguntando si quedaba algún apartamento libre, para alquilar. Acabaría eligiendo el 16E de Two Lafayette Square en Tordesillas Street, donde pasé cinco años, tal vez hasta ahora, los mejores de mi vida.
Los edificios que ahora bordean el parque Jaime Vasquez, que es como se llama realmente, tienen ahora doble altura de la que tenían los que yo conocí, lo que provoca -al menos en mí- una extraña sensación de estar en el interior de un embudo. Y he oído que quieren tirar el Makati Sports Club, supongo que para construir más torres: a este paso la construcción va a macizar el espacio.                             
Volví a Two Lafayette Square,  y mi cerebro empezó a recuperar imágenes que creía olvidadas. Se me cayó el alma a los pies, al ver mellado uno de los dos peldaños que dan acceso a un edificio que algún día lució con señorial glamour. Estaba libre el 15E, el apartamento inmediatamente inferior al que yo habité. Subí con la broker a inspeccionarlo; la sensación fue muy rara: estaba todavía habitado y decorado, con poco gusto. Deseché de inmediato la posibilidad de volver a ese edificio. Quiero algo nuevo y diferente, me dije: un piso alto con vistas, colgado en el cielo de Makati.   
Me ha sorprendido, quizás por haber pasado no pocos años en el Magreb, lo disciplinados que son los filipinos, al menos en Makati. Me sorprende muy favorablemente poder cruzar por un paso de cebra, algo inimaginable en Argelia o en Marruecos. No deja de sorprenderme tampoco la cantidad de personas que hay por todas partes, su juventud, y su uniformidad.  La población de Filipinas se ha duplicado en los últimos treinta años. Cada mañana, desde las seis, ejércitos enteros se desplazan silenciosos por las aceras de Makati; disciplinadamente cruzan las arterias por pasos subterráneos provistos de escaleras mecánicas. Vallas metálicas separan calzadas de aceras, obligando a cruzar las calles de mayor tráfico solo en los cruces.
Algunas aceras están cubiertas por pérgolas que protegen del ardiente sol o de la torrencial lluvia: raro es el día en el que no imponen su tiranía el uno o la otra.
No deja de hacerme reflexionar el contraste que se me antoja existe entre esas multitudes que recorren las calles de Makati, compuesta por dependientes, cajeras, camareros, oficinistas de bajo rango, ataviados de forma anodina, sin color, y el marco en el que se mueven: rascacielos inteligentes de acero, cristal y mármol, hoteles de lujuriosos jardines y holliwoodienses lobbies, centros comerciales (malls), universos artificiales, siempre veinte grados más fríos, y 40% más secos que el exterior, con lujosas tiendas... Esas multitudes parecen figurantes en un mundo que ellos no han construido, y en el que no tienen ninguna capacidad de decisión, pero para cuya supervivencia, mantenimiento y crecimiento son imprescindibles. Los fines de semana desaparecen y Makati sin ellos se vacía, y deja de ser una ciudad asiática.    
                                   
Makati, junio-julio 2019



lunes, 10 de junio de 2019

Al hilo de "Cuando la vida cabía en una medina" de Antonio Navarro


           
     Antonio Navarro Amuedo pertenece ya a esa categoría de escritores españoles que escriben sobre sus experiencias en Marruecos. Sus escritos son fruto de una visión autorizada de la realidad de este país: la autoridad les viene de su conocimiento directo de esa realidad, al haber vivido en el país magrebí durante algunos años.                                                                     
            No es el lugar ni el momento de revisar la nómina de españoles que han escrito crónicas, ensayos o libros de viaje sobre Marruecos, aunque sea inevitable que vengan a la memoria nombres como el de León el Africano, Pedro Badía (Alí Bey), Jorge Juan, o incluso Cadalso, éste en sentido inverso. Pero sí es ésta una ocasión, para fijarnos en personas que han vivido una etapa de su vida en Marruecos, a donde llegaron para ocupar un puesto -o disfrutar de una beca, como es éste el caso- de la Administración española, y que nos han dejado testimonio escrito de sus vivencias. Y en la primera en la que pienso es en el embajador Alfonso de la Serna, autor del ya clásico Al sur de Tarifa. Marruecos y España: un malentendido histórico, referencia imprescindible para todo aquel que comience una etapa de su vida en Marruecos y se interese por la historia de este país y por su relación histórica con España.                      

            En Navarro, como en De la Serna, uno palpa desde el primer momento un amor innato por Marruecos, fruto no sólo de iniciales impresiones exóticas, como le ocurre a muchos fascinados viajeros primerizos, sino de un conocimiento profundo de su compleja realidad. La manera de acercarse a determinados temas es en ambos muy diferente al del español que escribe desde el otro lado del Estrecho con un conocimiento superficial de la realidad marroquí, al no haber tenido una experiencia vital, inmerso en ella, lo suficientemente larga o intensa como para comprenderla.

            Tanto Navarro como De la Serna se aproximan al objeto de su obra con la necesaria humildad, exenta de cualquier atisbo de eurocentrismo, para comprender primero y describir después esa realidad. No hay nada peor para acometer cualquier acción en el ámbito que sea en países como Marruecos que la arrogancia, que suele ser consecuencia del desconocimiento y de los prejuicios. Los dos autores dejan bien claro desde el principio que no son especialistas en ninguna de las ciencias sociales en que se podría enmarcar un estudio sobre Marruecos, y que sus escritos no tienen pretensiones academicistas. El lector agradece siempre esa humildad, que le predispone a simpatizar con el autor.                                       
            En esta misma línea, tanto por su actitud como por su planteamiento, se encuentra el libro, Un año en Marruecos de Pere Navarro Olivella, quien fuera consejero de Trabajo en la Embajada de España en el periodo 2012-2017, a donde llegó -y a donde ha ido- desde la Dirección general de Tráfico. A él hay que acreditar la puesta en marcha del carné por puntos, medida junto a otras que redujo de manera espectacular la lacra de accidentes de tráfico mortales en España. Creo que nuestro querido y admirado Pere, con quien tuve el honor de compartir muchas reuniones de coordinación en la Embajada, es una de las personas que más ha influido para salvar vidas en España en la última década.

            El trabajo de este otro Navarro, Pere, es más bien una guía práctica sobre aspectos cotidianos de la vida en Marruecos, que será muy útil para todo aquel que se dispone a vivir allí una temporada. Pero como Pere es un gran analista y un filósofo, esa guía escrita sin pretensiones, permite al lector adentrarse en aspectos más profundos, y comenzar a comprender muchas cosas de la particular idiosincrasia marroquí, y de su identidad.  
                              
         Aunque todavía no ha visto la luz -es inevitable que lo haga, y espero que sea pronto- quiero citar aquí a un nasciturus: el recopilatorio de los jugosos, amenos y didácticos comentarios que Alberto Gómez Font -prologuista, por cierto del libro aquí glosado- envía puntual cada domingo a los amigos de su lista de correo, sobre las imágenes que aparecen en las postales de Rabat, que viene coleccionando en estos últimos años, en los que ha mantenido y sigue manteniendo su particular idilio con la capital marroquí.                                                                 
           
            En realidad, Cuando la vida cabía en una medina es eso, una colección de postales, o de estampas de Marruecos, sesenta concretamente, en las que el autor hace gala de una gran agudeza como observador y como analista, no exenta de fino humor y de carga poética. En esas estampas, breves capítulos de dos, tres o cuatro páginas, de muy amena lectura, nos reconocemos, en mil y un detalles, los que hemos vivido en Rabat, en particular, y en Marruecos en general.

            De esas estampas, podría destacar muchas de ellas, pero me ha parecido especialmente lúcida la que trata sobre Tánger; y me parece muy lúcida porque analiza la realidad actual de Tánger desde dentro, como lo podría hacer un marroquí, en un momento en el que prolifera la mitificación de esa ciudad -numerosas las novelas que aparecen estos años cuya trama se desarrolla en esa ciudad- por extranjeros que la visitan y la disfrutan, más como lúdicos turistas curiosos que cómo moradores. Y la percepción desde luego es bien distinta.

            Les ocurre mucho a los españoles, que con relación a su percepción de Marruecos se dividen en dos categorías -quizás tres- totalmente antagónicas. Están aquellos a los que les fascina Marruecos, a los que podríamos llamar los “goytisolos”. Su pasión por Marruecos les hace ser extremadamente subjetivos: ello los puede llevar a criticar con saña cualquier valor o aspecto de la vida social o política española, y sin embargo pasar por alto ese mismo valor o aspecto de la vida social o política marroquí. Para un “goytisolo”, el orden y limpieza de una ciudad europea, por ejemplo es un defecto, y la "anarquía" de una medina marroquí una virtud.

            En el otro polo se encuentran aquellos que -reconozcámoslo- tienen una imagen muy negativa de la realidad marroquí -en la mayoría de casos, sin conocerla previamente. Más como un subgrupo de estos últimos, que, como un nuevo grupo, encontramos a aquellos que ignoran por completo la realidad marroquí, y no tienen ningún interés en descubrirla: les despierta más curiosidad visitar las antípodas que cruzar el Estrecho. En general, cuando por alguna razón visitan Marruecos, y en particular Rabat, por ejemplo, para ir a visitar a un amigo allí residente -como ha sido mi caso- se sorprenden muy gratamente, al encontrar una realidad mucho mejor de la que podían haber imaginado previamente.

            Y es que la imagen que en España se tiene de Marruecos, aparte de prejuicios históricos, es la que proporcionan los medios de comunicación, y el millón de marroquíes que viven en España, en origen emigrantes en su mayoría, pertenecientes a unas determinadas capas de la sociedad marroquí. Es una imagen muy parcial, que no da idea del conjunto. Mutatis mutandi el caso es paralelo al de la imagen que tenían en Europa de España en los años cincuenta, sesenta y hasta setenta del siglo pasado. Y aquí son las autoridades marroquíes las que tienen una mayor responsabilidad en mejorar la imagen de su país en el Exterior, en España en nuestro caso, mostrando aspectos de la rica y compleja realidad marroquí desconocidos para el europeo medio.                                                        
         Me da mucha envidia, envidia sana, de Antonio Navarro, que ha sido lo suficientemente disciplinado como para ir escribiendo periódicamente estas postales, y haber sido capaz también de encontrar el tiempo para editarlas y darles forma de libro. Seguro que aparecerán nuevas publicaciones de este autor, quizás de los países a los que su carrera profesional le va llevando, quizás, ¿por qué no?, otras relacionadas con Marruecos, país al que vuelve continuamente, y al que seguirá volviendo. Estaremos atentos.
            Antonio Navarro es un magnífico exponente, diría más, una encarnación de esa amistad hispano-marroquí que ya fuera invocada por Sidi Mohammed ben Abdallah, y por Carlos III, cuando hace ya más de un cuarto de milenio firmaron el primer tratado entre los dos reinos, así llamado "De Amistad y Comercio". Y es por ello que el Instituto Cervantes de Rabat presenta en su sede Cuando la vida cabía en una medina como actividad destacada dentro de su programación dedicada a la Amistad hispano-marroquí.


domingo, 17 de junio de 2018

HÉROES Y VILLANOS



Héroes y villanos
“El fútbol es el rompeolas de las frustraciones de las gentes de todo origen y condición”  

Los primeros compases del Mundial de fútbol están mostrando en toda su crudeza el dramatismo que encierran encuentros en los que está en juego el prestigio no solo de los contendientes, sino de los países a los que representan. Más allá de planteamientos acertados, estrategias bien definidas, idoneidad de la puesta a punto de la condición física, son con frecuencia lances afortunados o desgraciados los que sentencian resultados y definen trayectorias. Y es que en el fútbol, como en la vida misma, en un instante todo puede cambiar  y para siempre; un acierto o un fallo inesperado hará de ti héroe o villano.

Antes de que comenzara a rodar el balón en el estadio Luzhniki de Moscú y de que el ya canoso Robbie Williams, con la bellísima Aida Garifullina en los coros, cantara su himno “Angel”, Lopetegui decidió anteponer sus sueños juveniles a la causa de la selección, y con ello puso en evidencia que si es importante ser seleccionador nacional, mucho más lo es ser entrenador del Real Madrid; podríamos decir en estos días de cambios ministeriales, mutatis mutandi que si es importante ser ministro de la nación, mucho más lo es ser presidente del club de Santiago Benabéu. La tribu casi siempre por encima del Estado, del proyecto colectivo; el corazón antes que la cabeza, la emoción antes que el deber. Perturbación desestabilizadora en la recta final de la concentración de la Roja.

Si a Lopetegui alguien le podría acusar, en sentido más bien metafórico, de traidor, todo lo contrario cabría decir de Griezmann, que permanece fiel a los colores que le han llevado a ser el heredero de Platini y Zidane en los bleus. Decidió con el corazón, y quizás también con la cabeza quedarse en el Atleti: de ser blaugrana, podría haber fracasado como le ocurriera a estrellas de la talla de Henry o Ibrahimović, mientras que en el Atleti será cada vez más su rey sol. 

Denis Chérishev es el nuevo héroe ruso, como nos contaba en su crónica para EFE desde Moscú, Virginia Hebrero, al marcar dos de los cinco goles que Rusia le endosó a Arabia Saudita en el partido inaugural. Hijo de un futbolista que jugó en el Spórting de Gijón ha hecho toda su carrera en España, siendo en la actualidad jugador del Villarreal; aunque no fue culpa suya, hubiera pasado a los anales por su alineación indebida cuando militaba en el Real Madrid, en un partido de copa contra el Cádiz, lo que supuso la eliminación del equipo que entonces dirigía Rafa Benítez.

Últimamente no corren buenos tiempos para los porteros. Diríase que a algunos, las manos se les hacen mantequilla, precisamente en partidos clave de sus carreras. Ya le pasó a Navas contra la Juve, en el tercer gol, en aquella aciaga noche para vencedores y vencidos, en la que Buffon acabó siendo expulsado del terreno de juego del Bernabéu en su despedida de la Champions. La final de la Decimotercera será recordada tal vez más por las cantadas del portero del Liverpool, Karius que por la monumental chilena de Bale (poetry in motion). Y la noche del viernes fue De Gea: el chut de Cristiano, no era para doblarle las manos. Con ese fallo el bueno de David, que no deja con ello de ser un magnífico portero, le ha hecho más grande a Casillas, del que no acaba de llegar a ser su sucesor. A Casillas, a pesar de llamarse Iker, se le nota que es de Móstoles, mientras que De Gea parece islandés. A Casillas también le metieron algún gol así cuando jugaba en el Oporto, pero en los partidos importantes siempre fue un valladar inexpugnable.

Y quien iba a decir que el mismísimo Messi, el mesías del Barça, que no de Argentina, iba a comenzar el mundial como villano, fallando un penal, ante Islandia. Maradona casi se come el puro que se estaba fumando en el palco; y no era para menos: la rutilante Argentina de la Pulga, el Kune, el Pipita y Mascherano  –¡cómo pudo dejar el boludo de Sampaoli  en la caseta a Dybala!- no pasaba del empate ante la selección –casi amateur- del país con menor población de todos las que han jugado los mundiales.   

La otra cara de la moneda del penal fallado es la del portero, y cineasta, Halldórsson convertido ya en gloria nacional islandesa por los siglos de los siglos: se le recordará en Islandia, como el que paró un penalti al dios Messi en el mundial de Rusia, como se recuerda todavía en España a Marcelino, por aquel gol de cabeza que le metió a Rusia, al mítico Lev Yashin, “la araña negra”, considerado entonces –comienzos de los sesenta- como el mejor portero del mundo.

Hacienda somos todos: desde Màxìm hasta Cristiano. Esta semana nos lo han vuelto a recordar, para que no se nos olvide; y hay que ver lo dura que es la vida, y lo grande que es el fútbol. Al pobre Màxìm sus pasadas cuitas con Hacienda le han quitado la miel ministerial de los labios, haciéndole acreedor al título de “El brevísimo”, mientras que a Cristiano la multa de casi 19 millones de euros, cincuenta veces la de Màxìm, y los dos años de cárcel, han sido un revulsivo para meterle tres goles tres a Hacienda; bueno a la selección española, pero como Hacienda somos todos, también lo es la selección. Y de ser en España un villano defraudador por la mañana, ¿un delincuente?, ha pasado a ser por la noche en Portugal el héroe por antonomasia, solo comparable a Vasco de Gama; ya lo era, pero desde la noche del viernes todavía más, pues a su atestado currículum añadió una victoria épica, en un mundial y frente a España; aunque solo fuera un empate, a los portugueses les supo a victoria. Cristiano se perfila este final de primavera rusa como el vengador de Aljubarrota y Alcazarquivir; él es el heredero del legendario Eusebio, la perla negra de Mozambique.

El gol de Bouhaddouz será probablemente uno de los más bonitos del mundial. ¡Qué cabezazo; imparable! Lo malo es que la metió en su propia portería, y en el minuto 95. Con ello pasa a engrosar la lista de villanos, de la que cómo vemos no se ha escapado ni el mismísimo Messi. Si el gol hubiera sido en la portería iraní, ahora Bouhaddouz sería aclamado como héroe nacional, a la altura de El Guerrouj o Said Aouita. Autogoles los han marcado los mejores defensas, Ramos sin ir más lejos, aunque hacerlo en un mundial duele todavía más; por no hablar de algún caso, como el del colombiano Escobar en 1994, de consecuencias trágicas: al pobre le asesinaron. ¡Qué barbaridad!

Aziz, que así se llama Bouhaddouz, desconsolado, ha pedido perdón a la afición marroquí, tal como lo hizo Karius en su noche triste de Kiev, a la hinchada del Liverpool. ¡Pero hombre, qué no lo ha hecho queriendo! Bastante disgusto tiene ya la criatura: le hierve la sangre del sur y el orgullo herido. De Gea, sin embargo, declara que está muy bien, que él no ha matado a nadie. Es lo que tiene ser islandés y no marroquí: lo ven todo como con más frialdad. 

El fútbol puede sacar a relucir los más bajos instintos y los más altos valores del ser humano; puede llegar a ser letal; cómo olvidar la tragedia del estadio Heyssel de Bruselas; pero también puede obrar milagros: ya lo vimos con el mundial de Sudáfrica: nunca en Cataluña se habían visto tantas banderas de España en las calles, ni nunca en Argelia tantas banderas argelinas ni tanta fierté algérienne. Y quien sabe si la frontera entre Argelia y Marruecos, anacrónicamente cerrada la abrirá el fútbol. Tras perder Marruecos la batalla por ser el país anfitrión de los mundiales de 2026, ante la candidatura tripartita de EEUU, México -sí México- y Canadá, ya hay voces que proponen una candidatura conjunta Marruecos- Argelia para la edición de 2030. Y ya puestos, ¿por qué no también con España? Y es que el fútbol es como la vida misma: hermoso muchas veces, trágico otras.  

Ven cómo el fútbol es mucho más importante de lo que parece. Los que solo ven a unos tíos cachas en calzón corto correteando detrás de un balón, y cobrando mucha pasta, no se han enterado de nada. Y si lo desprecian, por no comprender su significado, puede que tampoco se estén enterando bien de cómo somos los humanos.             




martes, 23 de enero de 2018

GAUDÍ. Rêves en pierre


Dans l'après-midi du 7 Juin 1926, un vieil homme avec un air de mendiant était à même le sol au centre de Barcelone après avoir été renversé par un tramway. Il n'avait pas de documents d'identification sur lui. Dans les poches de sa veste usée il ne lui restait qu'une poignée de cacahuètes et des raisins secs, et un livre très usé: les Evangiles. Le Gaudí distrait pensait probablement sur la façon de résoudre un problème de construction de l'église Sagrada Familia, la façade du Nacimiento, sur laquelle il travaillait quand un tramway détruisit ses rêves à jamais.

Durant l’année 2002, un nombre important d'expositions sur la personne et l'œuvre de l'architecte espagnol Antoni Gaudí, ont eu lieu dans le monde entier, en commémoration du 150ème anniversaire de sa naissance. Sur la page web www.gaudi2002.bcn.es, nous pouvons lire: «Beaucoup d'interprétations ont été faites de l'œuvre de Gaudí. Certains considèrent qu'il est traditionnel et d'autres croient qu'il est avant-gardiste. Certains l'appellent Gaudí le grand artiste et d'autres le grand technicien. Certaines personnes le définissent comme un transgresseur, mais certaines défendent son mysticisme. Tout le monde s'accorde cependant en affirmant que ses bâtiments sont étonnants, différents et par conséquent, difficiles à classer ». En fait, Gaudí était un architecte insolite. Cent soixante-cinq ans après sa naissance, nous nous demandons: Etait-il fou, génie, ou saint?

Il est certain qu'un fou n’est pas capable de construire ce que Gaudí a construit. La richesse de la forme des bâtiments de Gaudi n'est pas le fruit du caprice ou de l'imagination insensée, mais le résultat de l'observation minutieuse de la nature et de la capacité de résistance des matériaux et des structures. La folie de Gaudi est dans son originalité. Selon lui, l'originalité c’est revenir à l'origine. L’architecte « High Tech » de renommée mondiale Norman Foster, a déclaré que les méthodes de Gaudí, sont toujours révolutionnaires cent ans plus tard.
Gaudí est l’un de ces artistes dont les créations sont en avance sur le temps. Dans ses œuvres il y a beaucoup d'éléments qui pourraient être trouvés dans les œuvres d'avant-garde des artistes qui l'ont suivi. Il est l'un de ces artistes qui sont impossibles à classer, l'un de ces artistes qui ont une connexion directe et très particulière avec les muses, ou si vous préférez avec Dieu. Lorsque je pense à la vie de Gaudí et à son travail, je ne peux m'empêcher de penser à d'autres créateurs d'univers particuliers, comme le peintre hollandais Hieronimus van Aeken (c1450-1516) El Bosco, ou à un autre hollandais, Vincent Van Gogh, et aussi aux deux Catalans, comme lui: les peintres Salvador Dalí et Joan Miró.
Pour connaître l’œuvre d'un artiste comme Gaudí, il est fondamental de faire l'expérience de l’œuvre même. En d'autres termes, il est nécessaire d'aller en Espagne, principalement à Barcelone, pour la visiter. La connaitre seulement avec des mots et quelques images, cela est presque impossible. Tout ce que je peux faire en quelques lignes est de donner un aperçu de ses œuvres et d'inciter le lecteur à les visiter.
Antoni Gaudí est né à Reus (Juin 1852), une ville catalane prospère à une centaine de kilomètres au sud de Barcelone, d’une famille de plusieurs générations de chaudronniers. L'atelier de son père a été consacré principalement à faire des serpentins de cuivre pour les distilleries. Les formes des tubes en cuivre et leurs ombres sur le mur ont sans doute stimulé la vision spatiale du jeune Antoni Gaudí, un enfant malade atteint d'arthrite congénitale.  Enfant, il restait en marge des aires de jeux, et se consacrait à la méditation et l'observation de la nature qui l’entourait. Il n'était pas un bon élève, ni à l'école ni à l'université, mais très habile dans le dessin et le travail manuel.
Antoni Gaudí est le cinquième enfant de Francesc Gaudí et Antonia Cornet. Ses parents, comme beaucoup d'autres de cette époque, ont perdu deux de leurs enfants dans les premières années de leur vie. Seulement deux, en dehors d’Antoni, ont survécu : un garçon Francesc qui est décédé très jeune, à l'âge de 25 ans, juste après avoir obtenu son diplôme de docteur, et une fille Rosa qui est décédée à 35 ans.
La psychologie de Gaudí a été marquée par les deuils. Sa mère, Antonia est morte juste deux mois après son frère Francesc. Il n’y a que son père qui a eu une longue vie. Il avait 93 ans quand il est mort. En plus de la perte que représentait la mort de ses chers (même sa nièce, la fille de sa sœur Rosa, qui a été adoptée par Gaudí, est morte à l'âge de 36 ans), Gaudí a expérimenté un certain nombre de dépressions psychologiques dans sa vie. Toutes ces adversités l’ont marqué. Il est resté célibataire toute sa vie, mais on sait qu'une fois il a proposé le mariage à une dame qui lui a été présentée par son premier client, Salvador Pagés. Elle l’a rejeté, et cela signifia probablement une cicatrice de plus dans son âme. Sa vie fut consacrée à l'architecture, et pendant ses dernières années il a perdu tout intérêt pour les questions banales. Une seule chose demeurait dans son esprit: la construction du temple de la Sagrada Familia.
On n’aurait pas été en mesure d'admirer la plupart des architectures de Gaudí, sans certains nouveaux riches de la bourgeoisie catalane, self-made men et sans doute un peu fous. Beaucoup d'entre eux ont amassé leur fortune dans les Amériques. Fiers de leurs richesses, ils voulaient montrer leur réussite en tant qu'entrepreneurs. Des gens bizarres, qui ont trouvé dans l'imagination de Gaudí la meilleure manière pour montrer à leurs compatriotes leurs richesses. Mais l'imagination de Gaudí est allée encore plus loin que ce à quoi les clients pouvaient s’attendre.  Ses relations avec les propriétaires n'ont jamais bien fini. On dit que la seule relation de Gaudí avec un client qui n’a pas fini mal, c’est celle avec Dieu.
Parmi les clients de Gaudí, un a été fondamental, Eusebi Güell. Comme un Médicis de Florence, il a été responsable d'une quantité importante d'œuvres de Gaudí comme le Palau Güell construit entre 1886 et 1888, un palais dans le centre de Barcelone avec un dôme inspiré de Sainte-Sophie de Istanbul, où l’architecte n’avait pas de restriction budgétaire.
Le Park Güell (1900-1914), inclus dans la liste du patrimoine mondial, est le résultat d'un projet qui a échoué, de cité-jardin dans une colline de la banlieue de Barcelone. Gaudí se révèle ici non seulement comme fantaisiste, architecte presque surréaliste comme le montrent les pavillons construits, mais aussi comme un maître dans l'aménagement paysager. On pourrait dire que les architectes de Disneyland ont été inspirés par la conception du Park Güell.
Le projet Colonia Güell a été un projet écologique intéressant, destiné à fournir des logements aux travailleurs de l'usine textile de Güell. Malheureusement, il n’a pas abouti. Seule une crypte a été construite (1908-1916). Les formes organiques et apparemment fantaisistes de ce bâtiment sont géométriquement logiques, basées dans la nature ou dans des expériences constructives, en maximisant les capacités de résistance des matériaux.
Gaudí aimait utiliser les carreaux cassés de céramique émaillée pour revêtir les surfaces de ses bâtiments, en créant des mosaïques abstraites. Il a commencé à faire l'expérience avec ce matériel très tôt. En fait, son premier travail en tant qu'architecte était une maison pour un certain M. Vicens, fabricant de tuiles vernissées. Les façades sont entièrement couvertes de ce matériau.
Les maisons les plus célèbres de Gaudí se trouvent au centre de Barcelone dans le centrique Paseo de Gracia. Dans la Casa Batlló (1904-1906), où il est intervenu dans un bâtiment existant, Gaudí s'est exprimé en tant que sculpteur. Le toit représente en quelque sorte un dragon avec des tuiles en écailles. Les dragons sont populaires dans la mythologie catalane. Gaudí, en dépit de sa modernité avancée, a de profondes racines dans la tradition de sa culture.
Quelques ilots au-delà se trouve la Casa Milá, sa dernière œuvre civile, construite entre 1906 et 1910. On dit que les propriétaires ont dû hypothéquer la maison pour payer l'architecte, après une décision judiciaire. Gaudí a donné l'argent à un couvent de religieuses. En dépit de l'aspect massif de l'édifice qui est communément connu sous le nom de La Pedrera -La Carrière-, il n'y a pas de murs porteurs, mais le squelette, comme dans les bâtiments que Le Corbusier et les membres du Bauhaus édifieront des décennies plus tard.
Mais si Gaudí est vraiment connu dans le monde entier c’est en raison de son temple inachevé la Sagrada Familia, l'icône urbaine de Barcelone. L'architecte consacra les dernières années de sa vie entièrement à ce travail, une compilation de ses découvertes et ses conclusions formelles géométriques au service d'une créativité spirituelle. Les modèles de Gaudí et les dessins pour la Sagrada Familia ont été détruits pendant la guerre civile espagnole. Bien que les travaux pour parachever le plus grand chef d'œuvre de Gaudi sont en cours, presque finis, et ce n’est pas une chose anodine, cet effort a été un peu inutile, parce que seul Gaudí aurait pu finir son rêve, sorti de la pierre (à la gloire de Dieu).
Josep Lluis Sert architecte du pavillon espagnol à l'Exposition universelle de Paris de 1937, qui abritait Guernica de Picasso, et l'un des maîtres de l'architecture moderne, a déclaré en 1955: «Il est probable que dans l'évolution continue de l'architecture moderne, plus tard les expériences de Gaudí seront pleinement appréciées. Et la grandeur de son rôle de pionnier et précurseur sera reconnu ". Sert avait raison. Les bâtiments de Gaudi sont admirés de plus en plus au fil du temps. Quoi qu'il en soit, il y a encore beaucoup à découvrir sur les méthodes et les réalisations de ce génie spirituel qui est considéré par un grand nombre de ses compatriotes comme un saint.