domingo, 25 de agosto de 2019

DIARIO DE UN EXPAT BALIKBAYAN (1)


Diario de un expat-balikbayan (1)

Me sentí profundamente desubicado al toparme, en vez de con los árboles del Ayala Triangle Garden, como esperaba, con unas gigantescas moles en construcción. ¿No había llegado acaso a Paseo de Roxas? ¿No acababa acaso de traspasar el edificio de Citibank, cuyos cajeros automáticos tanto frecuentaba en mi primera etapa manilense?  ¿Es que el paso del tiempo, seis años sin pisar Manila, habían descolocado las referencias topológicas en mi memoria? ¿Acaso me había quedado dormido, caminando -cosas más raras provoca el jetlag- y estaba atascado en una terrible pesadilla?                                                    
Casi como en "2001, una odisea en el espacio" vislumbré, “enanizado” por los monstruos, el coqueto edificio de la Ayala Heritage Library, la torre de control -parece un sarcasmo denominarla ahora así- de lo que fue el primer aeropuerto de Manila. Y con ese avistamiento, al menos supe que no me había perdido, y que pronto llegaría a Ayala Avenue; y en efecto, inmediatamente después pude comprobar que allí seguía  la pared chaflán del Shangri-la, y las líneas horizontales de hormigón setentero del Península, como si el tiempo se hubiera detenido en 2006.                                      
Al llegar a Greenbelt volví a sentirme perdido. Sí, allí seguía Café Havana, con la animación de siempre, pero todo lo demás era diferente. Las librerías de los malls -era de esperar- no son ya lo que fueron durante tantos años. La National Bookstore de Glorietta es ahora una papelería con algunos libros. Me animé a pensar que la hipertrofia de la papelería pudiera ser solo temporal, ya que estábamos en pleno comienzo de curso escolar, pero yo sabía ya que no. Comprobé con desolación que establecimientos como Page One en Greenbelt 3, o Tower Records y Old Asia en Glorietta, de tan grato recuerdo, habían desaparecido. Pero quizás lo que más desolación me ha causado es ver cómo la sección de filipiniana de las librerías - otrora nutrida, dinámica, fundamental, ha quedado como un vestigio arcaico de una época pasada.
Lo que no ha cambiado es la programación, a cualquier hora, de baladas románticas en las estaciones de radio, la sonrisa de los filipinos, su exquisita generosidad como anfitriones, y la enorme dificultad para abrir los envases de los productos "made in the RP". El tráfico es todavía peor que hace quince años, lo que parecía imposible; el parque automovilístico ha crecido mucho, lo que denota el desarrollo de una clase media consumista, pero también ha mejorado muchísimo en calidad. En Makati no se ven ya cacharros en ruina circulando, ni apenas jeepneys. Se ha producido una densificación galopante de la ciudad, con la lamentable desaparición de zonas verdes, ya de por sí muy exiguas siempre. Se han construido altísimas torres por doquier en muchos casos duplicando la altura de torres edificadas en los mismos solares hace solo unas décadas, demolidas sin consideración.
Esa arquitectura de Manila, de hormigón visto, tan masiva y característica de los sesenta y los setenta, capitaneada por Leandro Locsin tiene los días contados. Esperemos que edificios emblemáticos como el CCP o el Metropolitan Museum no sigan la suerte del Ayala Museum, cuya reimplantación supuso lo que con gran acierto sarcástico Jose Fons definió como la manifestación del complejo de Edipo más gigantesca jamás construida. Para alguien proveniente de un país en el que los skylines de las ciudades son tan horizontales, los bosques de torres en los que se han convertido las ciudades asiáticas le fascinan profundamente.                                          
Tuve cierta sensación inicial de claustrofobia en Salcedo. En el parque habían florecido los flame trees (caballeros); sus flores, de rojo intenso, se me antojaban luciérnagas en la gris atmósfera envolvente del paisaje urbano de Metro Manila. Bajo sus copas solía yo corretear, haciendo jogging, no pocas tardes, a la vuelta del trabajo. El parque me parecía lo más humano y estructurante de la megápolis.
Cuando llegué la primera vez a Manila  a dirigir el Instituto Cervantes, cuya sede se encontraba entonces en el edificio Mayflower, en el barrio de Vito Cruz, sabía que quería vivir en aquella zona de Makati, que todavía no sabía se llamaba Salcedo Village. El primer fin de semana tras mi llegada, me estaba quedando en el desaparecido Manila Midtown hotel, de Malate, colindante con Robinson's, agarré el coche y lo aparqué delante del entonces flamante -se ha conservado bastante bien- One Salcedo Place. Fui entrando en cada uno de los edificios de la zona, y preguntando si quedaba algún apartamento libre, para alquilar. Acabaría eligiendo el 16E de Two Lafayette Square en Tordesillas Street, donde pasé cinco años, tal vez hasta ahora, los mejores de mi vida.
Los edificios que ahora bordean el parque Jaime Vasquez, que es como se llama realmente, tienen ahora doble altura de la que tenían los que yo conocí, lo que provoca -al menos en mí- una extraña sensación de estar en el interior de un embudo. Y he oído que quieren tirar el Makati Sports Club, supongo que para construir más torres: a este paso la construcción va a macizar el espacio.                             
Volví a Two Lafayette Square,  y mi cerebro empezó a recuperar imágenes que creía olvidadas. Se me cayó el alma a los pies, al ver mellado uno de los dos peldaños que dan acceso a un edificio que algún día lució con señorial glamour. Estaba libre el 15E, el apartamento inmediatamente inferior al que yo habité. Subí con la broker a inspeccionarlo; la sensación fue muy rara: estaba todavía habitado y decorado, con poco gusto. Deseché de inmediato la posibilidad de volver a ese edificio. Quiero algo nuevo y diferente, me dije: un piso alto con vistas, colgado en el cielo de Makati.   
Me ha sorprendido, quizás por haber pasado no pocos años en el Magreb, lo disciplinados que son los filipinos, al menos en Makati. Me sorprende muy favorablemente poder cruzar por un paso de cebra, algo inimaginable en Argelia o en Marruecos. No deja de sorprenderme tampoco la cantidad de personas que hay por todas partes, su juventud, y su uniformidad.  La población de Filipinas se ha duplicado en los últimos treinta años. Cada mañana, desde las seis, ejércitos enteros se desplazan silenciosos por las aceras de Makati; disciplinadamente cruzan las arterias por pasos subterráneos provistos de escaleras mecánicas. Vallas metálicas separan calzadas de aceras, obligando a cruzar las calles de mayor tráfico solo en los cruces.
Algunas aceras están cubiertas por pérgolas que protegen del ardiente sol o de la torrencial lluvia: raro es el día en el que no imponen su tiranía el uno o la otra.
No deja de hacerme reflexionar el contraste que se me antoja existe entre esas multitudes que recorren las calles de Makati, compuesta por dependientes, cajeras, camareros, oficinistas de bajo rango, ataviados de forma anodina, sin color, y el marco en el que se mueven: rascacielos inteligentes de acero, cristal y mármol, hoteles de lujuriosos jardines y holliwoodienses lobbies, centros comerciales (malls), universos artificiales, siempre veinte grados más fríos, y 40% más secos que el exterior, con lujosas tiendas... Esas multitudes parecen figurantes en un mundo que ellos no han construido, y en el que no tienen ninguna capacidad de decisión, pero para cuya supervivencia, mantenimiento y crecimiento son imprescindibles. Los fines de semana desaparecen y Makati sin ellos se vacía, y deja de ser una ciudad asiática.    
                                   
Makati, junio-julio 2019



lunes, 10 de junio de 2019

Al hilo de "Cuando la vida cabía en una medina" de Antonio Navarro


           
     Antonio Navarro Amuedo pertenece ya a esa categoría de escritores españoles que escriben sobre sus experiencias en Marruecos. Sus escritos son fruto de una visión autorizada de la realidad de este país: la autoridad les viene de su conocimiento directo de esa realidad, al haber vivido en el país magrebí durante algunos años.                                                                     
            No es el lugar ni el momento de revisar la nómina de españoles que han escrito crónicas, ensayos o libros de viaje sobre Marruecos, aunque sea inevitable que vengan a la memoria nombres como el de León el Africano, Pedro Badía (Alí Bey), Jorge Juan, o incluso Cadalso, éste en sentido inverso. Pero sí es ésta una ocasión, para fijarnos en personas que han vivido una etapa de su vida en Marruecos, a donde llegaron para ocupar un puesto -o disfrutar de una beca, como es éste el caso- de la Administración española, y que nos han dejado testimonio escrito de sus vivencias. Y en la primera en la que pienso es en el embajador Alfonso de la Serna, autor del ya clásico Al sur de Tarifa. Marruecos y España: un malentendido histórico, referencia imprescindible para todo aquel que comience una etapa de su vida en Marruecos y se interese por la historia de este país y por su relación histórica con España.                      

            En Navarro, como en De la Serna, uno palpa desde el primer momento un amor innato por Marruecos, fruto no sólo de iniciales impresiones exóticas, como le ocurre a muchos fascinados viajeros primerizos, sino de un conocimiento profundo de su compleja realidad. La manera de acercarse a determinados temas es en ambos muy diferente al del español que escribe desde el otro lado del Estrecho con un conocimiento superficial de la realidad marroquí, al no haber tenido una experiencia vital, inmerso en ella, lo suficientemente larga o intensa como para comprenderla.

            Tanto Navarro como De la Serna se aproximan al objeto de su obra con la necesaria humildad, exenta de cualquier atisbo de eurocentrismo, para comprender primero y describir después esa realidad. No hay nada peor para acometer cualquier acción en el ámbito que sea en países como Marruecos que la arrogancia, que suele ser consecuencia del desconocimiento y de los prejuicios. Los dos autores dejan bien claro desde el principio que no son especialistas en ninguna de las ciencias sociales en que se podría enmarcar un estudio sobre Marruecos, y que sus escritos no tienen pretensiones academicistas. El lector agradece siempre esa humildad, que le predispone a simpatizar con el autor.                                       
            En esta misma línea, tanto por su actitud como por su planteamiento, se encuentra el libro, Un año en Marruecos de Pere Navarro Olivella, quien fuera consejero de Trabajo en la Embajada de España en el periodo 2012-2017, a donde llegó -y a donde ha ido- desde la Dirección general de Tráfico. A él hay que acreditar la puesta en marcha del carné por puntos, medida junto a otras que redujo de manera espectacular la lacra de accidentes de tráfico mortales en España. Creo que nuestro querido y admirado Pere, con quien tuve el honor de compartir muchas reuniones de coordinación en la Embajada, es una de las personas que más ha influido para salvar vidas en España en la última década.

            El trabajo de este otro Navarro, Pere, es más bien una guía práctica sobre aspectos cotidianos de la vida en Marruecos, que será muy útil para todo aquel que se dispone a vivir allí una temporada. Pero como Pere es un gran analista y un filósofo, esa guía escrita sin pretensiones, permite al lector adentrarse en aspectos más profundos, y comenzar a comprender muchas cosas de la particular idiosincrasia marroquí, y de su identidad.  
                              
         Aunque todavía no ha visto la luz -es inevitable que lo haga, y espero que sea pronto- quiero citar aquí a un nasciturus: el recopilatorio de los jugosos, amenos y didácticos comentarios que Alberto Gómez Font -prologuista, por cierto del libro aquí glosado- envía puntual cada domingo a los amigos de su lista de correo, sobre las imágenes que aparecen en las postales de Rabat, que viene coleccionando en estos últimos años, en los que ha mantenido y sigue manteniendo su particular idilio con la capital marroquí.                                                                 
           
            En realidad, Cuando la vida cabía en una medina es eso, una colección de postales, o de estampas de Marruecos, sesenta concretamente, en las que el autor hace gala de una gran agudeza como observador y como analista, no exenta de fino humor y de carga poética. En esas estampas, breves capítulos de dos, tres o cuatro páginas, de muy amena lectura, nos reconocemos, en mil y un detalles, los que hemos vivido en Rabat, en particular, y en Marruecos en general.

            De esas estampas, podría destacar muchas de ellas, pero me ha parecido especialmente lúcida la que trata sobre Tánger; y me parece muy lúcida porque analiza la realidad actual de Tánger desde dentro, como lo podría hacer un marroquí, en un momento en el que prolifera la mitificación de esa ciudad -numerosas las novelas que aparecen estos años cuya trama se desarrolla en esa ciudad- por extranjeros que la visitan y la disfrutan, más como lúdicos turistas curiosos que cómo moradores. Y la percepción desde luego es bien distinta.

            Les ocurre mucho a los españoles, que con relación a su percepción de Marruecos se dividen en dos categorías -quizás tres- totalmente antagónicas. Están aquellos a los que les fascina Marruecos, a los que podríamos llamar los “goytisolos”. Su pasión por Marruecos les hace ser extremadamente subjetivos: ello los puede llevar a criticar con saña cualquier valor o aspecto de la vida social o política española, y sin embargo pasar por alto ese mismo valor o aspecto de la vida social o política marroquí. Para un “goytisolo”, el orden y limpieza de una ciudad europea, por ejemplo es un defecto, y la "anarquía" de una medina marroquí una virtud.

            En el otro polo se encuentran aquellos que -reconozcámoslo- tienen una imagen muy negativa de la realidad marroquí -en la mayoría de casos, sin conocerla previamente. Más como un subgrupo de estos últimos, que, como un nuevo grupo, encontramos a aquellos que ignoran por completo la realidad marroquí, y no tienen ningún interés en descubrirla: les despierta más curiosidad visitar las antípodas que cruzar el Estrecho. En general, cuando por alguna razón visitan Marruecos, y en particular Rabat, por ejemplo, para ir a visitar a un amigo allí residente -como ha sido mi caso- se sorprenden muy gratamente, al encontrar una realidad mucho mejor de la que podían haber imaginado previamente.

            Y es que la imagen que en España se tiene de Marruecos, aparte de prejuicios históricos, es la que proporcionan los medios de comunicación, y el millón de marroquíes que viven en España, en origen emigrantes en su mayoría, pertenecientes a unas determinadas capas de la sociedad marroquí. Es una imagen muy parcial, que no da idea del conjunto. Mutatis mutandi el caso es paralelo al de la imagen que tenían en Europa de España en los años cincuenta, sesenta y hasta setenta del siglo pasado. Y aquí son las autoridades marroquíes las que tienen una mayor responsabilidad en mejorar la imagen de su país en el Exterior, en España en nuestro caso, mostrando aspectos de la rica y compleja realidad marroquí desconocidos para el europeo medio.                                                        
         Me da mucha envidia, envidia sana, de Antonio Navarro, que ha sido lo suficientemente disciplinado como para ir escribiendo periódicamente estas postales, y haber sido capaz también de encontrar el tiempo para editarlas y darles forma de libro. Seguro que aparecerán nuevas publicaciones de este autor, quizás de los países a los que su carrera profesional le va llevando, quizás, ¿por qué no?, otras relacionadas con Marruecos, país al que vuelve continuamente, y al que seguirá volviendo. Estaremos atentos.
            Antonio Navarro es un magnífico exponente, diría más, una encarnación de esa amistad hispano-marroquí que ya fuera invocada por Sidi Mohammed ben Abdallah, y por Carlos III, cuando hace ya más de un cuarto de milenio firmaron el primer tratado entre los dos reinos, así llamado "De Amistad y Comercio". Y es por ello que el Instituto Cervantes de Rabat presenta en su sede Cuando la vida cabía en una medina como actividad destacada dentro de su programación dedicada a la Amistad hispano-marroquí.


domingo, 17 de junio de 2018

HÉROES Y VILLANOS



Héroes y villanos
“El fútbol es el rompeolas de las frustraciones de las gentes de todo origen y condición”  

Los primeros compases del Mundial de fútbol están mostrando en toda su crudeza el dramatismo que encierran encuentros en los que está en juego el prestigio no solo de los contendientes, sino de los países a los que representan. Más allá de planteamientos acertados, estrategias bien definidas, idoneidad de la puesta a punto de la condición física, son con frecuencia lances afortunados o desgraciados los que sentencian resultados y definen trayectorias. Y es que en el fútbol, como en la vida misma, en un instante todo puede cambiar  y para siempre; un acierto o un fallo inesperado hará de ti héroe o villano.

Antes de que comenzara a rodar el balón en el estadio Luzhniki de Moscú y de que el ya canoso Robbie Williams, con la bellísima Aida Garifullina en los coros, cantara su himno “Angel”, Lopetegui decidió anteponer sus sueños juveniles a la causa de la selección, y con ello puso en evidencia que si es importante ser seleccionador nacional, mucho más lo es ser entrenador del Real Madrid; podríamos decir en estos días de cambios ministeriales, mutatis mutandi que si es importante ser ministro de la nación, mucho más lo es ser presidente del club de Santiago Benabéu. La tribu casi siempre por encima del Estado, del proyecto colectivo; el corazón antes que la cabeza, la emoción antes que el deber. Perturbación desestabilizadora en la recta final de la concentración de la Roja.

Si a Lopetegui alguien le podría acusar, en sentido más bien metafórico, de traidor, todo lo contrario cabría decir de Griezmann, que permanece fiel a los colores que le han llevado a ser el heredero de Platini y Zidane en los bleus. Decidió con el corazón, y quizás también con la cabeza quedarse en el Atleti: de ser blaugrana, podría haber fracasado como le ocurriera a estrellas de la talla de Henry o Ibrahimović, mientras que en el Atleti será cada vez más su rey sol. 

Denis Chérishev es el nuevo héroe ruso, como nos contaba en su crónica para EFE desde Moscú, Virginia Hebrero, al marcar dos de los cinco goles que Rusia le endosó a Arabia Saudita en el partido inaugural. Hijo de un futbolista que jugó en el Spórting de Gijón ha hecho toda su carrera en España, siendo en la actualidad jugador del Villarreal; aunque no fue culpa suya, hubiera pasado a los anales por su alineación indebida cuando militaba en el Real Madrid, en un partido de copa contra el Cádiz, lo que supuso la eliminación del equipo que entonces dirigía Rafa Benítez.

Últimamente no corren buenos tiempos para los porteros. Diríase que a algunos, las manos se les hacen mantequilla, precisamente en partidos clave de sus carreras. Ya le pasó a Navas contra la Juve, en el tercer gol, en aquella aciaga noche para vencedores y vencidos, en la que Buffon acabó siendo expulsado del terreno de juego del Bernabéu en su despedida de la Champions. La final de la Decimotercera será recordada tal vez más por las cantadas del portero del Liverpool, Karius que por la monumental chilena de Bale (poetry in motion). Y la noche del viernes fue De Gea: el chut de Cristiano, no era para doblarle las manos. Con ese fallo el bueno de David, que no deja con ello de ser un magnífico portero, le ha hecho más grande a Casillas, del que no acaba de llegar a ser su sucesor. A Casillas, a pesar de llamarse Iker, se le nota que es de Móstoles, mientras que De Gea parece islandés. A Casillas también le metieron algún gol así cuando jugaba en el Oporto, pero en los partidos importantes siempre fue un valladar inexpugnable.

Y quien iba a decir que el mismísimo Messi, el mesías del Barça, que no de Argentina, iba a comenzar el mundial como villano, fallando un penal, ante Islandia. Maradona casi se come el puro que se estaba fumando en el palco; y no era para menos: la rutilante Argentina de la Pulga, el Kune, el Pipita y Mascherano  –¡cómo pudo dejar el boludo de Sampaoli  en la caseta a Dybala!- no pasaba del empate ante la selección –casi amateur- del país con menor población de todos las que han jugado los mundiales.   

La otra cara de la moneda del penal fallado es la del portero, y cineasta, Halldórsson convertido ya en gloria nacional islandesa por los siglos de los siglos: se le recordará en Islandia, como el que paró un penalti al dios Messi en el mundial de Rusia, como se recuerda todavía en España a Marcelino, por aquel gol de cabeza que le metió a Rusia, al mítico Lev Yashin, “la araña negra”, considerado entonces –comienzos de los sesenta- como el mejor portero del mundo.

Hacienda somos todos: desde Màxìm hasta Cristiano. Esta semana nos lo han vuelto a recordar, para que no se nos olvide; y hay que ver lo dura que es la vida, y lo grande que es el fútbol. Al pobre Màxìm sus pasadas cuitas con Hacienda le han quitado la miel ministerial de los labios, haciéndole acreedor al título de “El brevísimo”, mientras que a Cristiano la multa de casi 19 millones de euros, cincuenta veces la de Màxìm, y los dos años de cárcel, han sido un revulsivo para meterle tres goles tres a Hacienda; bueno a la selección española, pero como Hacienda somos todos, también lo es la selección. Y de ser en España un villano defraudador por la mañana, ¿un delincuente?, ha pasado a ser por la noche en Portugal el héroe por antonomasia, solo comparable a Vasco de Gama; ya lo era, pero desde la noche del viernes todavía más, pues a su atestado currículum añadió una victoria épica, en un mundial y frente a España; aunque solo fuera un empate, a los portugueses les supo a victoria. Cristiano se perfila este final de primavera rusa como el vengador de Aljubarrota y Alcazarquivir; él es el heredero del legendario Eusebio, la perla negra de Mozambique.

El gol de Bouhaddouz será probablemente uno de los más bonitos del mundial. ¡Qué cabezazo; imparable! Lo malo es que la metió en su propia portería, y en el minuto 95. Con ello pasa a engrosar la lista de villanos, de la que cómo vemos no se ha escapado ni el mismísimo Messi. Si el gol hubiera sido en la portería iraní, ahora Bouhaddouz sería aclamado como héroe nacional, a la altura de El Guerrouj o Said Aouita. Autogoles los han marcado los mejores defensas, Ramos sin ir más lejos, aunque hacerlo en un mundial duele todavía más; por no hablar de algún caso, como el del colombiano Escobar en 1994, de consecuencias trágicas: al pobre le asesinaron. ¡Qué barbaridad!

Aziz, que así se llama Bouhaddouz, desconsolado, ha pedido perdón a la afición marroquí, tal como lo hizo Karius en su noche triste de Kiev, a la hinchada del Liverpool. ¡Pero hombre, qué no lo ha hecho queriendo! Bastante disgusto tiene ya la criatura: le hierve la sangre del sur y el orgullo herido. De Gea, sin embargo, declara que está muy bien, que él no ha matado a nadie. Es lo que tiene ser islandés y no marroquí: lo ven todo como con más frialdad. 

El fútbol puede sacar a relucir los más bajos instintos y los más altos valores del ser humano; puede llegar a ser letal; cómo olvidar la tragedia del estadio Heyssel de Bruselas; pero también puede obrar milagros: ya lo vimos con el mundial de Sudáfrica: nunca en Cataluña se habían visto tantas banderas de España en las calles, ni nunca en Argelia tantas banderas argelinas ni tanta fierté algérienne. Y quien sabe si la frontera entre Argelia y Marruecos, anacrónicamente cerrada la abrirá el fútbol. Tras perder Marruecos la batalla por ser el país anfitrión de los mundiales de 2026, ante la candidatura tripartita de EEUU, México -sí México- y Canadá, ya hay voces que proponen una candidatura conjunta Marruecos- Argelia para la edición de 2030. Y ya puestos, ¿por qué no también con España? Y es que el fútbol es como la vida misma: hermoso muchas veces, trágico otras.  

Ven cómo el fútbol es mucho más importante de lo que parece. Los que solo ven a unos tíos cachas en calzón corto correteando detrás de un balón, y cobrando mucha pasta, no se han enterado de nada. Y si lo desprecian, por no comprender su significado, puede que tampoco se estén enterando bien de cómo somos los humanos.             




martes, 23 de enero de 2018

GAUDÍ. Rêves en pierre


Dans l'après-midi du 7 Juin 1926, un vieil homme avec un air de mendiant était à même le sol au centre de Barcelone après avoir été renversé par un tramway. Il n'avait pas de documents d'identification sur lui. Dans les poches de sa veste usée il ne lui restait qu'une poignée de cacahuètes et des raisins secs, et un livre très usé: les Evangiles. Le Gaudí distrait pensait probablement sur la façon de résoudre un problème de construction de l'église Sagrada Familia, la façade du Nacimiento, sur laquelle il travaillait quand un tramway détruisit ses rêves à jamais.

Durant l’année 2002, un nombre important d'expositions sur la personne et l'œuvre de l'architecte espagnol Antoni Gaudí, ont eu lieu dans le monde entier, en commémoration du 150ème anniversaire de sa naissance. Sur la page web www.gaudi2002.bcn.es, nous pouvons lire: «Beaucoup d'interprétations ont été faites de l'œuvre de Gaudí. Certains considèrent qu'il est traditionnel et d'autres croient qu'il est avant-gardiste. Certains l'appellent Gaudí le grand artiste et d'autres le grand technicien. Certaines personnes le définissent comme un transgresseur, mais certaines défendent son mysticisme. Tout le monde s'accorde cependant en affirmant que ses bâtiments sont étonnants, différents et par conséquent, difficiles à classer ». En fait, Gaudí était un architecte insolite. Cent soixante-cinq ans après sa naissance, nous nous demandons: Etait-il fou, génie, ou saint?

Il est certain qu'un fou n’est pas capable de construire ce que Gaudí a construit. La richesse de la forme des bâtiments de Gaudi n'est pas le fruit du caprice ou de l'imagination insensée, mais le résultat de l'observation minutieuse de la nature et de la capacité de résistance des matériaux et des structures. La folie de Gaudi est dans son originalité. Selon lui, l'originalité c’est revenir à l'origine. L’architecte « High Tech » de renommée mondiale Norman Foster, a déclaré que les méthodes de Gaudí, sont toujours révolutionnaires cent ans plus tard.
Gaudí est l’un de ces artistes dont les créations sont en avance sur le temps. Dans ses œuvres il y a beaucoup d'éléments qui pourraient être trouvés dans les œuvres d'avant-garde des artistes qui l'ont suivi. Il est l'un de ces artistes qui sont impossibles à classer, l'un de ces artistes qui ont une connexion directe et très particulière avec les muses, ou si vous préférez avec Dieu. Lorsque je pense à la vie de Gaudí et à son travail, je ne peux m'empêcher de penser à d'autres créateurs d'univers particuliers, comme le peintre hollandais Hieronimus van Aeken (c1450-1516) El Bosco, ou à un autre hollandais, Vincent Van Gogh, et aussi aux deux Catalans, comme lui: les peintres Salvador Dalí et Joan Miró.
Pour connaître l’œuvre d'un artiste comme Gaudí, il est fondamental de faire l'expérience de l’œuvre même. En d'autres termes, il est nécessaire d'aller en Espagne, principalement à Barcelone, pour la visiter. La connaitre seulement avec des mots et quelques images, cela est presque impossible. Tout ce que je peux faire en quelques lignes est de donner un aperçu de ses œuvres et d'inciter le lecteur à les visiter.
Antoni Gaudí est né à Reus (Juin 1852), une ville catalane prospère à une centaine de kilomètres au sud de Barcelone, d’une famille de plusieurs générations de chaudronniers. L'atelier de son père a été consacré principalement à faire des serpentins de cuivre pour les distilleries. Les formes des tubes en cuivre et leurs ombres sur le mur ont sans doute stimulé la vision spatiale du jeune Antoni Gaudí, un enfant malade atteint d'arthrite congénitale.  Enfant, il restait en marge des aires de jeux, et se consacrait à la méditation et l'observation de la nature qui l’entourait. Il n'était pas un bon élève, ni à l'école ni à l'université, mais très habile dans le dessin et le travail manuel.
Antoni Gaudí est le cinquième enfant de Francesc Gaudí et Antonia Cornet. Ses parents, comme beaucoup d'autres de cette époque, ont perdu deux de leurs enfants dans les premières années de leur vie. Seulement deux, en dehors d’Antoni, ont survécu : un garçon Francesc qui est décédé très jeune, à l'âge de 25 ans, juste après avoir obtenu son diplôme de docteur, et une fille Rosa qui est décédée à 35 ans.
La psychologie de Gaudí a été marquée par les deuils. Sa mère, Antonia est morte juste deux mois après son frère Francesc. Il n’y a que son père qui a eu une longue vie. Il avait 93 ans quand il est mort. En plus de la perte que représentait la mort de ses chers (même sa nièce, la fille de sa sœur Rosa, qui a été adoptée par Gaudí, est morte à l'âge de 36 ans), Gaudí a expérimenté un certain nombre de dépressions psychologiques dans sa vie. Toutes ces adversités l’ont marqué. Il est resté célibataire toute sa vie, mais on sait qu'une fois il a proposé le mariage à une dame qui lui a été présentée par son premier client, Salvador Pagés. Elle l’a rejeté, et cela signifia probablement une cicatrice de plus dans son âme. Sa vie fut consacrée à l'architecture, et pendant ses dernières années il a perdu tout intérêt pour les questions banales. Une seule chose demeurait dans son esprit: la construction du temple de la Sagrada Familia.
On n’aurait pas été en mesure d'admirer la plupart des architectures de Gaudí, sans certains nouveaux riches de la bourgeoisie catalane, self-made men et sans doute un peu fous. Beaucoup d'entre eux ont amassé leur fortune dans les Amériques. Fiers de leurs richesses, ils voulaient montrer leur réussite en tant qu'entrepreneurs. Des gens bizarres, qui ont trouvé dans l'imagination de Gaudí la meilleure manière pour montrer à leurs compatriotes leurs richesses. Mais l'imagination de Gaudí est allée encore plus loin que ce à quoi les clients pouvaient s’attendre.  Ses relations avec les propriétaires n'ont jamais bien fini. On dit que la seule relation de Gaudí avec un client qui n’a pas fini mal, c’est celle avec Dieu.
Parmi les clients de Gaudí, un a été fondamental, Eusebi Güell. Comme un Médicis de Florence, il a été responsable d'une quantité importante d'œuvres de Gaudí comme le Palau Güell construit entre 1886 et 1888, un palais dans le centre de Barcelone avec un dôme inspiré de Sainte-Sophie de Istanbul, où l’architecte n’avait pas de restriction budgétaire.
Le Park Güell (1900-1914), inclus dans la liste du patrimoine mondial, est le résultat d'un projet qui a échoué, de cité-jardin dans une colline de la banlieue de Barcelone. Gaudí se révèle ici non seulement comme fantaisiste, architecte presque surréaliste comme le montrent les pavillons construits, mais aussi comme un maître dans l'aménagement paysager. On pourrait dire que les architectes de Disneyland ont été inspirés par la conception du Park Güell.
Le projet Colonia Güell a été un projet écologique intéressant, destiné à fournir des logements aux travailleurs de l'usine textile de Güell. Malheureusement, il n’a pas abouti. Seule une crypte a été construite (1908-1916). Les formes organiques et apparemment fantaisistes de ce bâtiment sont géométriquement logiques, basées dans la nature ou dans des expériences constructives, en maximisant les capacités de résistance des matériaux.
Gaudí aimait utiliser les carreaux cassés de céramique émaillée pour revêtir les surfaces de ses bâtiments, en créant des mosaïques abstraites. Il a commencé à faire l'expérience avec ce matériel très tôt. En fait, son premier travail en tant qu'architecte était une maison pour un certain M. Vicens, fabricant de tuiles vernissées. Les façades sont entièrement couvertes de ce matériau.
Les maisons les plus célèbres de Gaudí se trouvent au centre de Barcelone dans le centrique Paseo de Gracia. Dans la Casa Batlló (1904-1906), où il est intervenu dans un bâtiment existant, Gaudí s'est exprimé en tant que sculpteur. Le toit représente en quelque sorte un dragon avec des tuiles en écailles. Les dragons sont populaires dans la mythologie catalane. Gaudí, en dépit de sa modernité avancée, a de profondes racines dans la tradition de sa culture.
Quelques ilots au-delà se trouve la Casa Milá, sa dernière œuvre civile, construite entre 1906 et 1910. On dit que les propriétaires ont dû hypothéquer la maison pour payer l'architecte, après une décision judiciaire. Gaudí a donné l'argent à un couvent de religieuses. En dépit de l'aspect massif de l'édifice qui est communément connu sous le nom de La Pedrera -La Carrière-, il n'y a pas de murs porteurs, mais le squelette, comme dans les bâtiments que Le Corbusier et les membres du Bauhaus édifieront des décennies plus tard.
Mais si Gaudí est vraiment connu dans le monde entier c’est en raison de son temple inachevé la Sagrada Familia, l'icône urbaine de Barcelone. L'architecte consacra les dernières années de sa vie entièrement à ce travail, une compilation de ses découvertes et ses conclusions formelles géométriques au service d'une créativité spirituelle. Les modèles de Gaudí et les dessins pour la Sagrada Familia ont été détruits pendant la guerre civile espagnole. Bien que les travaux pour parachever le plus grand chef d'œuvre de Gaudi sont en cours, presque finis, et ce n’est pas une chose anodine, cet effort a été un peu inutile, parce que seul Gaudí aurait pu finir son rêve, sorti de la pierre (à la gloire de Dieu).
Josep Lluis Sert architecte du pavillon espagnol à l'Exposition universelle de Paris de 1937, qui abritait Guernica de Picasso, et l'un des maîtres de l'architecture moderne, a déclaré en 1955: «Il est probable que dans l'évolution continue de l'architecture moderne, plus tard les expériences de Gaudí seront pleinement appréciées. Et la grandeur de son rôle de pionnier et précurseur sera reconnu ". Sert avait raison. Les bâtiments de Gaudi sont admirés de plus en plus au fil du temps. Quoi qu'il en soit, il y a encore beaucoup à découvrir sur les méthodes et les réalisations de ce génie spirituel qui est considéré par un grand nombre de ses compatriotes comme un saint.

miércoles, 21 de junio de 2017

La princesa que cambió la historia (Don’t waste your weekend in the net)

A veces nos tenemos que tragar marrones e incluir en la programación a artistas, autores, escritores por razones, digamos, sociales. Para confeccionar nuestra programación nos basamos en el olfato de nuestros técnicos, en las propuestas que recibimos, y en nuestra propia experiencia: es decir en factores profesionales. Aun así, vengo años queriendo reducir al mínimo los criterios subjetivos, teniendo en cuenta que somos una institución pública que gestiona fondos públicos, y para las actividades de mayor presupuesto al menos, como los conciertos, veía oportuno hacer convocatorias públicas. Sin embargo, hicimos una primera el año pasado, y no funcionó como hubiera querido: pocas propuestas y de calidad un tanto relativa; es una fórmula bastante novedosa y tal vez si insistimos, hacemos hincapié en la difusión, pueda funcionar; pero por ahora hemos vuelto a la forma habitual.

En aras de la sinceridad, cuando nos llega alguna recomendación de amigo o persona notable para invitar a tal o cual conferenciante, artista, escritor, la recibimos en general con más cautela que entusiasmo. Digo todo esto, a cuenta de la escritora casi novel, Marta Galatas a la que pensé me vería obligado a presentar alguna de sus novelas –dos publicadas hasta la fecha- hasta que leí sólo unas líneas de su primera, y comprobé que no se trataba ni mucho menos de una escritora accidental o amateur. Y ahora, tras leerla completa con avidez, soy yo el que recomiendo a mis compañeros -aquellos que dirigen centros en cuyas ciudades transcurren sus novelas- que inviten a Marta a presentar su obra.

La primera novela de Marta no ha alcanzado la notoriedad de la segunda: “Dejé mi corazón en Manila”. Y ello, creo que se debe a la editorial, que no ha cuidado la edición ni la difusión cómo sí ha hecho la editorial de la segunda. Tras el éxito de ésta, bien valdría intentar una re-edición de “La princesa que cambió el mundo”, ópera prima, en la que la autora capitaliza con mucha eficacia sus conocimientos –y seguro que experiencias- de vidas anteriores; no en vano es licenciada en Historia del Arte, y su actividad profesional ha estado inmersa en el mundo de los anticuarios, y en el del diseño de muebles. Más que irse reciclando en distintas actividades Marta ha ido acumulando saberes y experiencias que ahora nutren y permiten materializar la que sospecho es su verdadera, o al menos más fuerte, vocación: la de contar historias, indagando en el misterio poliédrico del alma humana: o sea la Literatura.

Como buena historiadora, la autora se documenta pormenorizadamente sobre los hechos históricos y los lugares que definen los escenarios de su novela; y construye una estructura sólida que le permite controlar a sus personajes, sus relaciones, sus recorridos, creando tramas espacio-temporales de una cierta complejidad, con las que está tejida la novela. Y lo hace con la seguridad de un buen director de orquesta o de un arquitecto experimentado, sin permitir que un motivo especialmente armonioso o un hallazgo afortunado alteren el avance equilibrado de la composición.

Otros dos títulos, de autores más que consagrados, me han venido a la cabeza al ir leyendo “La princesa …”: La tabla de Flandes de Pérez Reverte, y Real Sitio de José Luis Sampedro. Como en estas, el relato se desarrolla en dos momentos diferentes: el contemporáneo y el de una determinada época histórica, en concreto en la del Cinquecento florentino. He de confesar que tras La sonrisa etrusca, maravillosa creación del gran economista, me decepcionó el desenlace de Real Sitio, tras un comienzo y planteamiento magistrales. De La Tabla, qué decir: fue esencial para la eclosión finisecular del reportero Reverte en el panorama literario europeo.     

Aunque es ópera prima, La Princesa es una novela escrita desde la experiencia; por lo que sin perder la frescura de la obra de autor novel no cae en el frecuente error de los noveles de querer agotar todos los registros en su primera obra. Seguramente hay mucho de autobiográfico; resulta bastante evidente al leer el perfil de la autora, aunque  ¿qué novela en mayor o menor medida no lo es?

En esencia la novela narra la búsqueda que la protagonista emprende de su propia identidad; es por ello una novela clásica, que se adentra en el análisis de los aspectos más íntimos de la personalidad; al mismo tiempo moderna, por su profundidad sicoanalítica, y también posmoderna, por la forma relativa y contradictoria (tan contemporánea) en la que la protagonista vive las relaciones humanas.      

Resulta interesante la forma tan natural en la que se presentan las escenas de sexo, y sobre todo cómo ayudan a dibujar el perfil de los personajes que las viven, y a poner de relieve las contradicciones que les atormentan. La sexualidad entendida como una manera de encontrarse a sí mismo (a sí misma en este caso) a través de los otros. ¡Puro Freud!

Mérito extraordinario el de Marta Galatas, y extraordinaria su determinación: hace unos pocos años se inscribía en un taller de escritura narrativa, y –alumna aventajada- ha entrado ya en el dificilísimo mercado editorial. Confiemos en que La princesa se reedite, y en que pronto podamos leer nuevos títulos de esta autora.

La novela que comentamos se circunscribe a una capa social determinada, la alta burguesía, sin concesiones a la aparición de personajes (salvo algún sirviente, y tal vez el socio anticuario) de clases menos acomodadas. Tiene todos los ingredientes propios: lujo, glamour, sensualidad, para convertirse en un best-seller, llevarse al cine, etc. Y eso estaría muy bien –¡cuántos lo sueñan!- siempre que no supusiera un riesgo para la autora de quedarse en ese ámbito, ya que tiene talento, oficio, y recursos como para ser mucho más que una escritora de best-sellers.    






[1] GALATAS, Marta. “La princesa que cambió la historia”. SIAL Ediciones, 2015. Madrid 

domingo, 26 de marzo de 2017

No soy monja; soy persona.




María Pérez Caballero, Bilbao 1940-Saipán 2016, in memoriam.
(Próxima aparición en Revista Española del Pacífico)                                           

Las Mercedarias de Bérriz constituyen el epígono misionero de la proyección ibérica, iniciada en el siglo XV, una proyección de alcance universal, uno de cuyos hitos más relevantes -la primera circunnavegación del globo por Juan Sebastián de Elcano- vamos a conmemorar en su quinto centenario, en un lustro. 

Llevadas por el empuje de su fundadora, la beata Margarita María de Maturana, las Mercedarias de Bérriz llegan a las islas del Pacífico, Marianas y Carolinas, en los años 20 del pasado siglo, donde desarrollan una extraordinaria labor, contribuyendo a la formación, hasta hoy mismo, de generaciones de niñas isleñas.

Conocí a María en el año 1997. Con Rosario Arberas eran entonces las dos mercedarias españolas responsables de la buena marcha del Our Lady of Mercy Catholic High School, de Ponapé, cuando llegué a esa isla mágica por primera vez. Yo buscaba, por encargo de la Dirección general de Cooperación del Ministerio de Cultura, vestigios materiales de la presencia española en las islas Marianas, Carolinas y Palaos. Dedicaba el día a apasionantes excursiones por la isla, y tras ponerse el sol me dirigía a la Misión católica, a la residencia de las mercedarias, donde les hablaba a María y a Rosario de mis hallazgos y de mis aventuras del día. Nos reíamos muchísimo con estas últimas. Con mucha dignidad, sin lujos, aquella casa era mucho más acogedora que el buen hotel al que me iba a descansar, después de cenar con ellas. Desde el primer momento Rosario y María me hicieron sentirme como en mi propia casa; parecía que las conocía de toda la vida, como si fueran auténticamente mis hermanas mayores.

María, encarnaba la joie de vivre, la alegría de vivir; ilustraba a la perfección -por antítesis- la máxima teresiana de "un santo triste es un triste santo". Como Santa Teresa, tenía también un punto de anticonformismo, de rebeldía tal vez ante los encorsetamientos y las etiquetas. Cuando pienso en ella me viene a la cabeza una frase que una vez le oí decir, y que era toda una declaración existencial: "no soy monja, soy persona". La única etiqueta que admitía era, además de la de persona, la de hermana. Obviamente se refería a las connotaciones negativas que el término “monja” ha podido acarrear con los años. Ella le daba la vuelta a todo eso: religiosa, misionera, hermana. Hacerse monja significaba para parte de la sociedad desde hace muchos años, un último remedio, una reclusión, una solución resignada. Pero ser como María, una persona que movida por la fe cristiana emprende una misión dirigida a los demás, y hace de ella su razón de vivir, es un ejemplo apasionante de vida.     

María era libre, alegre, pienso que feliz, extremadamente jovial, mucho más joven de lo que apuntaba su edad biológica. Ah, y también muy vasca, aunque sólo volviera a España una vez cada cinco años.
Invita a la reflexión comprobar que personas como María, que dedican su vida entera a los demás, y no tienen ni guardan nada para sí, son las que nos transmiten una sensación mayor de bienestar interior, de paz y de satisfacción en la vida. Ahora que todo el mundo busca neuróticamente la felicidad individual, María era el mejor testimonio de cómo acercarse a ella, por medio de los demás. Mucho más útil su testimonio que cien libros de autoayuda.   

María era "la bomba". A todo el mundo conocía, todo el mundo la saludaba, a todos sonreía. Le gustaba, en los desplazamientos ir en la parte trasera, descubierta, de la pick up, que conducía Rosario, de solo dos plazas contando la de la conductora, cediendo siempre el asiento del copiloto a quien pudiera ir con ellas, yo mismo, algunas veces. Comunicaba con todo el mundo como los ángeles; no le importaba lo más mínimo que su pronunciación en inglés –marcando las erres- fuera más próxima a Guecho que a Oxford.  

Nos veremos María: en tu Pohnpei, o en Maturana Hill; tal vez en Nan Madol, a donde no fuimos nunca juntos, o como la última vez en los pabellones Juliana Guijo de la escuela donde enseñaste a tantas niñas, y que quedaron estupendos, una de mis mejores obras como arquitecto. Nos veremos María. Como cantaba Vera Lynn…  

We’ll meet again
Don’t know where
Don’t know when
But I know we’ll meet again
Some sunny day

Gracias por todo.


martes, 8 de noviembre de 2016

¡Fuego en el Museo del Prado!

Eugenio D’Ors en su clásico, ya mítico, ensayo “Tres horas en el Museo del Prado” nos decía sin dudarlo que si se declarase un incendio en el Museo del Prado y pudiera salvar solo uno de los cuadros que alberga, elegiría “El Tránsito de la Virgen” de Mantegna. Algún aguafiestas argumentó después que eso lo diría por su pequeño tamaño[1]; salvar las Meninas, por ejemplo, le hubiera supuesto como poco un lumbago.

Pues qué quieren que les diga. Estoy totalmente de acuerdo con D‘Ors; más que por influencia suya, que también, creo yo que por mi formación y condición –algo oxidada hoy- de arquitecto. Decir que el mejor cuadro del Prado es éste o aquél, (pongo estos acentos, aunque sé  que la RAE dice ahora que no se deben poner) es más que una temeridad, un absurdo. Es como decir que la mejor canción de los Beatles es ésta o aquélla: casi todas son la mejor canción. Pero puestos a elegir, si hay que elegir un cuadro, yo elegiría también el Tránsito. ¿Y porqué? Pues voy a intentar en las próximas líneas explicármelo-explicárselo.

1) Por su modernidad: sobre todo si lo comparamos con otros cuadros del mismo siglo; sin ir más lejos, en la misma sala del museo, justo al lado, está colgado "La Anunciación" de Fra Angelico, que como es sabido es un políptico, o si se prefiere un retablo, cuya escena principal es la que le da título. Debajo de la conocidísima escena, en la predela, representadas a tamaño muchísimo menor, hay otras escenas de la vida de la Virgen, una de las cuáles es precisamente el Tránsito. Podemos ver, comparando ambos cuadros, la gran evolución que ha experimentado la representación pictórica en sólo unas décadas.

La modernidad emana del clasicismo de la representación, alejada de los pintoresquismos de la Escuela flamenca o de Berruguete, y de barroquismos posteriores. Rasgo de modernidad lo constituye también la forma en la que el pintor pone en relación al espectador con el cuadro; le mete en el cuadro.  
Mantegna, como todo genio se adelanta varios siglos a su tiempo

2. Por la naturalidad y sutilezas de la perspectiva. Mantegna hace patente en este cuadro los avances científicos de la perspectiva florentina. El marco arquitectónico, tan importante, es esencial para ello. La composición es extraordinaria (según Eugenio D’Ors la mejor de la historia de la pintura). El esquema ortogonal, claro y sencillo, de líneas verticales (las figuras de los apóstoles, las pilastras, los candelabros, las velas), y líneas horizontales (el lecho donde yace la Virgen y su propia figura, el alfeizar del hueco, las nubes, el horizonte del paisaje) –una retícula virtual- otorgan todo el protagonismo a la perspectiva, explicitada por un nítido suelo de baldosas, por la figura del apóstol en escorzo que inciensa el cuerpo de la Virgen, y por el paisaje.

El suelo, el apóstol, el paisaje del lago donde una línea inclinada –el edificio a modo de dique- cobra un protagonismo extraordinario en la composición, todo ello ocupa la parte central del cuadro, de una forma despejada y limpia. Nótese que el cuerpo de la Virgen, el protagonista del tema, no es el protagonista de la composición, como ocurre en la predela de la Anunciación, sino una referencia, muy importante sí, para que pueda presentarse en toda su rotundidad la gran protagonista del cuadro que no es otra que la Perspectiva. La cara de la Virgen no ocupa una posición focal; está un poco escondida y escorada; el centro focal –a donde se nos va la vista en el primer golpe- lo constituye la cabeza de San Pedro, y el apóstol en escorzo, y si se me permite la irreverencia –otro rasgo de modernidad, la humanización de tan trascendente escena- el trasero de dicho apóstol.

Decíamos en el punto anterior que Mantegna mete al espectador en el cuadro. Como se ha señalado, uno de los trucos para conseguirlo es prolongar el suelo hacia delante, pero yo sobre todo diría que es dejando ese suelo, o mejor dicho ese espacio central, libre y neutro, para que lo ocupe… el espectador. Ese suelo ajedrezado bicromático, tan sencillo, máxime si lo comparamos con suelos de cuadros de la época y posteriores (Van Eyck, Berrugute, etc.) contribuye a nuestra percepción de modernidad sobre la obra, y dota a esa parte del espacio de todo un potencial abstracto: solo las líneas de las juntas horizontales y las perpendiculares en fuga. Esa efectividad se hubiera perdido de haber construido ese suelo con baldosas de intrincado dibujo, como hacen virtuosamente otros pintores del siglo. 

Fijémonos ahora en el punto de vista, que Mantegna sitúa un poco por encima de las cabezas de los apóstoles. Con ello da un mayor protagonismo a la vista del lago, más bien estanque, que se abre tras la escena del velatorio. Aunque Mantegna mete al espectador en el cuadro, no hace de éste el protagonista de la escena, como sí lo hará Velázquez en Las Meninas. El espectador en este caso bien pudiera ser el apóstol que falta: Santo Tomás, que llegará un poco tarde y apresuradamente desde la India. El espectador contempla la escena desde una elevación algo superior a la que ocupan las figuras protagonistas, como si estuviera en una estancia más elevada. De nuevo ello contribuye a humanizar (modernizar) la escena. Al elevar el punto de vista, cobra protagonismo, casi tanto como la escena de los apóstoles velando el cuerpo de María, la escena del paisaje, con un horizonte nítido y claro, la auténtica línea de horizonte de la composición. Creo que es eso fundamentalmente lo que busca Mantegna: dar protagonismo a la perspectiva, más que plantear otras consideraciones de carácter simbólico. 

Un estanque, con unas construcciones lineales, todo muy contenido, sin hablar más de lo que debiera. No es extraño que a algunas personas les haya parecido frío este cuadro. “No me dice nada” declara una espectadora norteamericana que tengo a mi lado. ¡Claro! No es una obra ni gótica –que sacralice la representación con fines evangelizadores- ni barroca, que exprese o quiera provocar emociones intensas. Su contemplación produce calma y sosiego: es eso, un tránsito, no una agonía. Sereno clasicismo.      

3. Por la sutil asimetría que determinados elementos introducen en una composición simétrica. La Virgen no está en el centro de la composición; el apóstol que está de espaldas, y el dique del estanque introducen con su oblicuidad dinamismo y naturalidad a la escena.

4. Por la sabia estratificación compositiva: los diferentes planos verticales, secciones de la pirámide visual propia de la perspectiva, marcados con rotundidad grácil por líneas horizontales: el plano del lecho o catafalco sobre el que reposa el cuerpo de la Virgen; el plano de la ventana; el plano del muro de contención del lago… el horizonte finalmente.   

5. Por su iluminación, que produce una sensación de naturalidad, pero que si se analiza resulta irreal. Es una luz inquietante. ¿Dónde está el punto de máxima luminosidad? ¡Debajo de la Virgen!

6. Por ser un cuadro arquitectónico que se anticipa a los cuadros de los grandes pintores de arquitectura venecianos, Tintoretto y Veronés. Comparando la arquitectura de este cuadro con la de otros cuadros de pintores contemporáneos a Mantegna, incluso algo posteriores, colgados en las mismas paredes de Prado, muy cerca del Tránsito, por ejemplo con el autorretrato de Durero, vemos que para éste la arquitectura es simplemente un marco (luces y sombras), mientras que Mantegna dibuja con sumo cuidado molduras y elementos decorativos de las pilastras. O si se compara con “La virgen de la Leche” de Pedro Berruguete, esta pintura maravillosa resulta arcaizante en su goticismo figurativo.   

7. Por su cromatismo. También en el color Mantegna se adelanta a su tiempo: no sólo por su luminosidad y viveza venecianas, sino también por su valor estructurante de la composición. Algunos años antes de pintar este cuadro Mantegna se había casado con Nicolossia, hermana de Giovanni Bellini. La interacción entre ambos pintores resultaría fundamental para sentar las bases de la escuela veneciana, que llegaría a su apogeo en el siglo XVI.

Coda: confío en que nunca se declarará un incendio en el Museo del Prado. Es prácticamente imposible con las actuales medidas de seguridad. Pero si se declarara y me pillara a mí aquí, y sólo pudiera salvar un cuadro, o dicho de otro modo: si pudiera robar un cuadro del Museo del Prado, solo uno –algo más improbable todavía que el incendio- me llevaría a casa el Tránsito de la Virgen de Andrea Mantegna. Eugenio D’Ors tenía razón.

Bibliografía citada:
D’ORS ROVIRA, Eugenio: “Tres horas en el Museo del Prado”. Itinerario estético, 1922




JGG
Museo del Prado, Madrid (primavera 2014),  Rabat (otoño) 2016.










[1] Como  es sabido el cuadro original se fragmentó en dos. Lo que vemos en el Prado es la parte inferior. La parte superior se conserva en la Pinacoteca de Ferrara y representa la acogida del alma de la Virgen por Jesucristo.